Aún se recuerda qué les contestó el célebre Carlos Saúl, que siempre tuvo pasión por el antiguo Egipto, a quienes calificaban de “faraónicos” algunos de sus proyectos. “¿Qué tienen contra los faraones? –los interpeló– ¿Acaso ellos no nos dejaron esas hermosas pirámides que aún siguen atrayendo a tantos turistas?”
No nos consta que Kheops promoviera el turismo, pero no cabe duda de que los egipcios, que sólo contaban con la tecnología de la Edad del Bronce, apenas estaban en condiciones de levantar unas pocas pirámides. Andaban muy lejos de algunas fantasías ingenieriles que supo soñar la Modernidad, y que al parecer aún hoy siguen ejerciendo alguna seducción sobre los hipermodernos.
Entre las fantasías menos conocidas se cuenta un proyecto que tuvo alguna popularidad en los años ‘20 y ‘30. Proponía bajar el nivel del Mediterráneo para ganarle miles de hectáreas al mar y generar energía eléctrica a discreción. Aspiraba ampliar la superficie de Europa hasta convertirla en un nuevo continente, que se llamaría “Atlantropa”. En su tiempo mereció la consideración de intelectuales como Sigmund Freud y Thomas Mann.
Sueños de grandeza
Apenas restañadas las heridas de la Primera Guerra Mundial, los años ‘20 rebosaban de ideas audaces y proyectos grandiosos que apostaban a poner el progreso y hasta el orden político en manos de la tecnología.
El canal de Suez y el de Panamá estaban creando nuevos vínculos entre los continentes, cuando los ingenieros soñaban con obras más ambiciosas, con las cuales se proponían cambiar la faz de la Tierra, sin sentirse inhibidos por el menor escrúpulo ambientalista.
En 1928 los franceses proyectaron abrir el Canal de los Dos Mares, que debía unir a Marsella con Burdeos, aunque al fin desistieron, y Le Corbusier se propuso remodelar Argelia en 1932. Pero la obra que mayor impacto cultural tuvo en Europa fue el dique del Mar del Norte, construido entre 1923 y 1932, que permitió a los holandeses ganarle grandes extensiones al mar. Hasta Freud le rindió homenaje en una conferencia de 1932, cuando enunció esa célebre fórmula donde comparaba el dominio que el Yo realista debía ejercer sobre el impresentable Ello, con la conquista de las tierras del Zuiderzee.
Para el imaginario de la época, la transformación de la geografía se ofrecía como el instrumento para lograr la unión de los europeos. “Paneuropa” era una idea que contaba con el apoyo de muchos intelectuales y de líderes como Léon Blum y Aristide Briand. Hasta era vista con simpatía en la Sociedad de las Naciones.
Atlantropa
En ese contexto político y cultural creció el faraónico proyecto del alemán Herman Sörgel (1885-1952), que si bien sedujo la imaginación de muchos europeos, nunca encontró el apoyo político necesario para ponerse en práctica. Sörgel era un arquitecto e ingeniero de Munich. Hombre de grandes ambiciones, en un libro que escribió en 1921 ya se había propuesto reformar la educación, para formar ese “hombre nuevo” del cual casi todos hablaban entonces, desde Lenin hasta los fascistas.
En 1927 comenzó a elaborar su proyecto, que presentó al público en 1931. Sörgel proponía ganarle al Mediterráneo una superficie equivalente a la legendaria Atlántida. El nuevo continente se llamaría Atlantropa. Sörgel no estaba solo. Lo secundaba un equipo de brillantes arquitectos e ingenieros alemanes como Bruno Siegwart, Peter Behrens, Fritz Höger y Erich Mendelsohn, que soñaban con diseñar y realizar las monumentales obras que se levantarían en los nuevos territorios. Sörgel publicó cinco libros sobre el tema y en 1930 armó una exposición itinerante que despertó gran interés en Alemania y Austria. Su desafío era dramático: “Atlantropa, o la decadencia de la civilización”.
Curiosamente, los nazis no se interesaron en el proyecto. Con él, Alemania hubiera ganado tráfico para su puerto de Hamburgo, en desmedro del Mediterráneo, pero la mayoría de las nuevas tierras serían para Italia. En vísperas de la guerra, Sörgel seguía tratando del halagar a las potencias del Eje con un libro titulado Las tres A (Atlantropa, América, Asia). La Gran Alemania y el Imperio italiano (1938).
La guerra mandó al proyecto al olvido. Pero en una novela soviética de ciencia ficción de los ‘40 (Batallas bajo el Artico) todavía aparecían los nazis, ahora refugiados en el Polo Norte, saboteando las obras de Atlantropa, que había construido una revolución socialista triunfante.
Sörgel también tuvo un discípulo sionista, Erich Mendelsohn. Refugiado en Suiza tras el ascenso del nazismo, publicó un manifiesto donde proponía aplicar las ideas de Sörgel para entregar tierras a los colonos judíos de Israel, sin tener que quitárselas a los palestinos.
Sörgel murió en un accidente de auto de 1952 y su instituto cerró sus puertas en 1960. En 1950, todavía era capaz de inspirar una película alemana (Atlantropa, el nuevo continente), y para el año 2002 “calcular cómo cambiaría la cuenca del Mediterráneo, de bajarse el nivel del mar unos cien metros” seguía siendo tema de algunos exámenes de física del secundario.
Quien dio a conocer a Sörgel en Estados Unidos fue el ingeniero alemán Willy Ley, uno de los grandes promotores de los proyectos espaciales, que habló de Atlantropa en su libro Sueños de ingenieros (1954). Entre los lectores que tuvo estaba Gene Roddenberry, lo cual explica cómo en la primera de las películas de Viaje a las estrellas (1979) el Almirante Kirk visita la represa hidroeléctrica de Gibraltar.
Sólo recientemente, gracias a la labor de dos historiadores de la arquitectura, Wolfgang Voigt y Alexander Gall, la historia de aquel proyecto utópico ha sido rescatada del olvido.
El fondo del mar
La idea de Sörgel, que confesaba haberse inspirado en el Esquema de la Historia de H. G. Wells, parecía muy simple: aprovechar la diferencia de nivel entre el Mediterráneo y al Atlántico para generar energía eléctrica y apropiarse para la agricultura de parte del fondo marino.
De hecho, el agua que aportan los ríos como el Nilo, el Po, el Rin, el Tíber y el Ebro no alcanza a compensar las pérdidas por evaporación que sufre el Mediterráneo. El Atlántico vuelca en él unos 88.000 m3 de agua por segundo, doce veces la masa líquida del Niágara.
Según Sörgel, se trataba de construir en Gibraltar un dique de 35 km de largo y 550 m de ancho que alimentaría un megaproyecto hidroeléctrico. La obra correría por cuenta del ingeniero suizo Bruno Siegwart, que entonces dirigía la Shell. El arquitecto Peter Behrens pensaba coronarla con una torre de 400 m, que sería el símbolo de la nueva Atlantropa.
Con esa represa, el nivel del Mediterráneo bajaría unos cien metros, a razón de 1,5 cm por año. Italia podría cultivar el Mar Adriático, agrandaría Sicilia y refundiría a Córcega con Cerdeña. Las islas del Egeo quedarían unidas y Libia, que Mussolini estaba colonizando, también tendría un gran crecimiento.
Pero el proyecto no se limitaba a Gibraltar. Un segundo dique uniría a Sicilia con Túnez y la conectaría con toda el Africa, de manera que sería posible ir en ferrocarril desde Berlín a Ciudad del Cabo. El megaproyecto se completaba con un tercer dique a levantar en los Dardanelos, con el cual se desconectaría al Mediterráneo del Mar Negro.
Con el segundo y el tercer dique, el Mediterráneo quedaría dividido en un mar occidental, cien metros más bajo que el actual, y uno oriental, que bajaría cien metros más. Este desnivel permitiría nuevos emprendimientos hidroeléctricos, con una producción de energía cercana al 30% del actual consumo europeo.
¿Qué hacer con el agua sobrante? Sörgel proponía bombearla hacia el Sahara, para hacerlo cultivable. De este modo, todos los países con costas en el Mediterráneo ganarían tierras al mar, pero los puertos como Barcelona, Marsella, Génova y Venecia quedarían lejos de la costa. El equipo de Sörgel tenía pensado preservar las ciudades como patrimonio histórico. Como todo el proceso llevaría unos dos siglos, durante la transición los actuales puertos serían reemplazados por enormes pontones flotantes, con muelles y aeropuertos.
El proyecto Atlantropa culminaría cuando la nueva Europa tuviera su propia capital. Algunos, como Höger, planeaban instalarla en Basilea (Suiza) por su tradición de neutralidad. Otros apostaban por una nueva ciudad que se llamaría PortduRhône, o se levantaría en el emplazamiento de la antigua Cartago.
Cualquier estudiante diría hoy que una obra como esa cambiaría el régimen de lluvias y el clima de toda la región, con lo cual buena parte de la electricidad se gastaría en acondicionadores de aire. Pero Sörgel, con un total desconocimiento de la perspectiva ecológica, no dudaba de que el efecto sobre el clima sería benéfico. Estimaba (erróneamente) que el Sahara estaría bajo el nivel del mar, y proponía irrigarlo con el agua de sus embalses.
Su proyecto geopolítico respondía, en definitiva, a la misma óptica que había dominado al colonialismo, con total desprecio por los “nativos” y los ecosistemas naturales. Esa era la época en que Heidegger presentaba a Europa apretada entre las pinzas comunista y capitalista de una tenaza que amenazaba con aplastarla. Sörgel y sus colaboradores se proponían defender a Europa, pero eran un poco más paranoicos. Las amenazas se daban en varios frentes: el peligro amarillo por el Este, la insidiosa americanización al Oeste, y el peligro negro por el Sur africano...
Había que crear las condiciones para que continuara la expansión de la raza blanca, a la cual la superpoblación había puesto severos límites, empujando hacia tierras americanas un enorme flujo de emigrantes. La crisis económica del treinta era para Sörgel la señal de que había que hacer algo, y pronto.
El delirio no se rinde
Se diría que en aquellos tiempos estábamos a una distancia abismal de cualquier prudencia ecológica. El avasallamiento de la naturaleza sin condiciones formaba parte de esa fantasía machista que animaba al colonialismo. Basta recordar que Hegel había expulsado a Africa de la historia, condenando a sus habitantes, que no habían llegado a someter a la naturaleza al arbitrio de la raza blanca.
Los proyectos que tenía Sörgel para Africa parecían prescindir de todos los escrúpulos que podía abrigar para Europa, casi como si ignorara que el continente estaba habitado. En efecto, el alemán también había pensado en levantar un dique en el río Congo. El embalse resultante uniría sus aguas a las del lago Chad, para formar dos grandes mares interiores en Africa. El excedente sería enviado al Sahara, para lo cual habría que excavar un segundo Nilo. ¡Nada más fácil!
Uno pensaría que proyectos semejantes, en los cuales es fácil reconocer el sesgo paranoico del totalitarismo europeo (más de lo que cualquier faraón o tirano asiático hubiera soñado) deberían haberse esfumado con el avance de las ideas liberales y el crecimiento de la conciencia ecológica.
Sin embargo, los megaproyectos siguieron poblando la fantasía de los tecnócratas en los prósperos años ’60. Hoy, cuando todos dicen estar preocupados por el calentamiento global y la deforestación, hay que recordar que en 1957 hubo un proyecto norteamericano para abrir un segundo canal de Panamá usando explosiones nucleares. El soviético Borisov imaginó entonces un dique en el estrecho de Behring, desde donde se bombearía agua tibia a Siberia y Canadá. Nadie parecía preocuparse por la contaminación radiactiva o por el derretimiento del hielo del Artico.
En esos años Frank Davidson, del MIT, imaginó un acueducto que llevara agua del Amazonas a Africa, y Herman Kahn, el futurólogo del Hudson Institute, propuso en 1968 una represa en el Amazonas que hubiera inundado muchos miles de millas cuadradas, con efectos probablemente catastróficos. En 1956, un físico ruso y el senador norteamericano Estes Kefauver propusieron crear un Sol termonuclear.
Suenos hipermodernos
Las nuevas tecnologías parecen haber dado aliento a nuevas fantasías, que rescatan aquellas de preguerra. Ahora no hay que pensar en los esclavos, la piedra de los faraones o el cemento de las represas. Hoy es posible construir estructuras ligeras e inflables hechas de kevlar, y usar cables y membranas de nanotubos hechos de fullereno, que es cien veces más fuerte que el acero.
El principal abogado de Atlantropa es hoy Richard Brook Cathcart, quien en numerosos trabajos publicados entre 1983 y 1998 propuso retomar el proyecto de Sörgel. Cathcart recomienda bajar el Mediterráneo solamente unos cincuenta metros, con lo cual se ensancharía considerablemente el norte de Africa. El Mediterráneo se transformaría en un “oceanario” y sería más salado y caliente. Ahora todo se presenta con intenciones humanitarias y ecológicas: la planta de Gibraltar permitirá retirar del aire los gases de invernadero y “restaurar la atmósfera anterior a la revolución industrial”. También se propone sembrar nanorrobots, capaces de armar reflectores solares para bajar el albedo del mar, levantar gigantescos domos el Sahara y tender un acueducto que lleve agua del Rin a Cataluña.
El ingeniero Frei Otto, que viene proponiendo cosas semejantes desde 1953, se propone nada menos que remodelar la biosfera y hasta “embolsar la Tierra” con una ligera membrana, para prevenir los tsunamis y otras catástrofes naturales.
Lo más alarmante de todos estos proyectos es su lenguaje. Gente como Cathcart, Otto o Yona Friedman hablan de “Noopolitik” (una política para ensanchar esa Noósfera que imaginó Teilhard de Chardin) y hasta de “Disneyficación” del paisaje con fines turísticos. La reconstrucción de la Biblioteca de Alejandría sería el primer paso para la construcción de otros parques temáticos en el desierto.
Quizá la palabra más alarmante sea “Terraformación”. La expresión proviene de los megaproyectos ideados en el mundo de la NASA, que proponen remodelar Marte o Venus para hacerlos habitables para los seres humanos. Lo que nadie explica es por qué hay que “terraformar” la Tierra, que ya está terraformada.
Más ingenuamente, los autores de estos proyectos hablan de “arte oceánico” y hasta de “arquitectura de ciencia ficción”. En ese caso, habría que aconsejarles que escribieran novelas en cuatro tomos o levantaran moderadas instalaciones. No vaya a ser que a alguien se le ocurra hacerlas sin consultar a nadie.
Pablo Capanna
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domingo, 28 de septiembre de 2008
Buenos Aires, capital de Venezuela
La perplejidad. Recuerdo perfectamente el momento. Hebe de Bonafini acababa de elogiar el mundo de ETA y se despachaba a gusto contra la democracia española. Era el mismo año en que ETA asesinaba en Barcelona al político socialista Ernest Lluch (amigo de muchos de nosotros), y la larga lista de muertos inundaba nuestra ensombrecida conciencia.
Para todos los que nos habíamos educado en los movimientos contra Franco, las Madres de la Plaza de Mayo eran un referente, una especie de lucha blanca contra la maldad negra de la dictadura, y así las habíamos incorporado a nuestra mitología, sin depurar matices. Probablemente éramos víctimas de la ignorancia, acostumbrados a poner en el saco de las bondades a todos los movimientos solidarios. Pero Hebe nos despertó de golpe, como un molesto viento, frío e inesperado.
Si esa mujer representaba la lucha por las libertades, ¿cómo podía defender a una organización totalitaria que mataba a nuestros amigos, a la gente que pasaba por la calle, a cualquiera que situara en su demoníaco punto de mira? Las reivindicaciones vascas, planteadas de forma democrática, formaban parte de las causas de muchos de nosotros. Pero el terrorismo sólo era una maldad nihilista.
Desde aquel día, Hebe de Bonafini conformó el ejemplo más triste -más decepcionante- de cómo una bandera noble podía esconder auténticas maldades ideológicas. Al fin y al cabo, la izquierda reaccionaria había sido, históricamente, tan enemiga de la libertad como su homóloga de derecha, y Bonafini recuperaba esa tradición sin ningún complejo.
¿Cuántos miles de muertos, en nombre de los principios de la izquierda, en nuestra historia reciente? Y a cada muerto, su silencio, porque el mundo decidió que sólo las víctimas de las dictaduras de derecha existían.
Ahí están, en su doble asesinato, el físico y el del olvido, los millones que masacró el estalinismo, o los que murieron en las Camboyas olvidadas, o los que sufren el espantajo de la dictadura cubana.
Las víctimas de Chile, Argentina, España, tuvieron sus poetas, sus recuerdos, su memoria. Pero las víctimas de Pol Pot, de Stalin, de Fidel, no tienen quien les escriba, porque la izquierda decidió no hacer la autocrítica que la historia reclamaba.
Ahora, viendo a los D Elia pasearse por la tiranía iraní, defendiendo sus bondades incluso por encima del respeto mínimo a las víctimas de AMIA, el círculo del fascismo de izquierdas se cierra a la perfección. Sabemos que una parte de la extrema izquierda latinoamericana ya coquetea con el islamismo fundamentalista: les une el mismo odio a los valores de Occidente, y el mismo desprecio a la libertad.
Lo de Ferro, pues, con Hebe de Bonafini y su colega Luis D Elía, abrazándose al sátrapa Hugo Chávez, no resulta una sorpresa. Dios los cría y el mismo populismo demagogo los junta.
El reaccionarismo de izquierdas, tan exhibicionista como el de derechas, gusta de la escenografía y el relumbre de los focos. Tampoco es una sorpresa que Chávez plante la carpa de su circo antiyanqui en todo territorio que considere propio, confundida la persona con el cargo, y el cargo con el país.
Venezuela ya es de su propiedad, dominada la prensa, amordazado el Parlamento y perseguida la oposición. Pero incluso gozando de una notable imaginación, nunca pensé que el dominio territorial de Chávez llegaría hasta el mismo corazón porteño, como si fuera una extensión venezolana de los sueños de Bolívar.
En uno de esos lujos que la vida nos regala, tuve la ocasión de platicar unas horas con Julio María Sanguinetti, una de las cabezas más bien amuebladas de América del Sur. Dos perlas de esa mente privilegiada: "La Paz es un convento, Bogotá una universidad y Caracas un cuartel"; "los venezolanos, cuando votan, no votan al presidente de Venezuela, sino al presidente de América".
Desde ese cuartel con ínfulas imperialistas, este tipo, a medio camino entre el fascismo mussoliniano y el populismo castrista, que tiene sus posaderas asentadas en una ingente y pornográfica fortuna, pero que mantiene a su población en cotas también pornográficas de pobreza, ese Chávez parece que tiene tantas agallas como poca vergüenza.
Visto desde la distancia, su mitín en Ferro me parece un acto de colonialismo sólo imaginable en un país sin entidad, pero alucinante, en una nación que, como la Argentina, es geopolíticamente tan relevante. Viene a chillar contra el imperio, y lo hace colonizando la imagen de otro país, en un acto de imperialismo chusco que me resulta imposible entender cómo han permitido.
Desde luego, un acto así resultaría impensable en Europa. Ya sé que la Argentina respondió poco, que el Gobierno no envió a nadie, que eran menos de los que querían, pero haberlo permitido es ya, sin duda, una dejación muy seria de la soberanía de un país.
Por supuesto, la visita de Bush por América del Sur merece una mirada crítica: no en vano el gobierno norteamericano ha ignorado los problemas de la región. Pero hay un gran trecho entre la crítica severa y este acto de "freakismo" político que reúne lo mejor de la izquierda más jurásica.
Si la oposición a Bush son los amigos de Irán, las amigas de ETA y un aprendiz de dictador que dilapida la fortuna de su país, mientras crecen las diferencias sociales, Bush mejora por momentos.
No hay nada como tener enemigos de caricatura para parecer algo serio.
Pilar Rahola / www.elreloj.com
Para todos los que nos habíamos educado en los movimientos contra Franco, las Madres de la Plaza de Mayo eran un referente, una especie de lucha blanca contra la maldad negra de la dictadura, y así las habíamos incorporado a nuestra mitología, sin depurar matices. Probablemente éramos víctimas de la ignorancia, acostumbrados a poner en el saco de las bondades a todos los movimientos solidarios. Pero Hebe nos despertó de golpe, como un molesto viento, frío e inesperado.
Si esa mujer representaba la lucha por las libertades, ¿cómo podía defender a una organización totalitaria que mataba a nuestros amigos, a la gente que pasaba por la calle, a cualquiera que situara en su demoníaco punto de mira? Las reivindicaciones vascas, planteadas de forma democrática, formaban parte de las causas de muchos de nosotros. Pero el terrorismo sólo era una maldad nihilista.
Desde aquel día, Hebe de Bonafini conformó el ejemplo más triste -más decepcionante- de cómo una bandera noble podía esconder auténticas maldades ideológicas. Al fin y al cabo, la izquierda reaccionaria había sido, históricamente, tan enemiga de la libertad como su homóloga de derecha, y Bonafini recuperaba esa tradición sin ningún complejo.
¿Cuántos miles de muertos, en nombre de los principios de la izquierda, en nuestra historia reciente? Y a cada muerto, su silencio, porque el mundo decidió que sólo las víctimas de las dictaduras de derecha existían.
Ahí están, en su doble asesinato, el físico y el del olvido, los millones que masacró el estalinismo, o los que murieron en las Camboyas olvidadas, o los que sufren el espantajo de la dictadura cubana.
Las víctimas de Chile, Argentina, España, tuvieron sus poetas, sus recuerdos, su memoria. Pero las víctimas de Pol Pot, de Stalin, de Fidel, no tienen quien les escriba, porque la izquierda decidió no hacer la autocrítica que la historia reclamaba.
Ahora, viendo a los D Elia pasearse por la tiranía iraní, defendiendo sus bondades incluso por encima del respeto mínimo a las víctimas de AMIA, el círculo del fascismo de izquierdas se cierra a la perfección. Sabemos que una parte de la extrema izquierda latinoamericana ya coquetea con el islamismo fundamentalista: les une el mismo odio a los valores de Occidente, y el mismo desprecio a la libertad.
Lo de Ferro, pues, con Hebe de Bonafini y su colega Luis D Elía, abrazándose al sátrapa Hugo Chávez, no resulta una sorpresa. Dios los cría y el mismo populismo demagogo los junta.
El reaccionarismo de izquierdas, tan exhibicionista como el de derechas, gusta de la escenografía y el relumbre de los focos. Tampoco es una sorpresa que Chávez plante la carpa de su circo antiyanqui en todo territorio que considere propio, confundida la persona con el cargo, y el cargo con el país.
Venezuela ya es de su propiedad, dominada la prensa, amordazado el Parlamento y perseguida la oposición. Pero incluso gozando de una notable imaginación, nunca pensé que el dominio territorial de Chávez llegaría hasta el mismo corazón porteño, como si fuera una extensión venezolana de los sueños de Bolívar.
En uno de esos lujos que la vida nos regala, tuve la ocasión de platicar unas horas con Julio María Sanguinetti, una de las cabezas más bien amuebladas de América del Sur. Dos perlas de esa mente privilegiada: "La Paz es un convento, Bogotá una universidad y Caracas un cuartel"; "los venezolanos, cuando votan, no votan al presidente de Venezuela, sino al presidente de América".
Desde ese cuartel con ínfulas imperialistas, este tipo, a medio camino entre el fascismo mussoliniano y el populismo castrista, que tiene sus posaderas asentadas en una ingente y pornográfica fortuna, pero que mantiene a su población en cotas también pornográficas de pobreza, ese Chávez parece que tiene tantas agallas como poca vergüenza.
Visto desde la distancia, su mitín en Ferro me parece un acto de colonialismo sólo imaginable en un país sin entidad, pero alucinante, en una nación que, como la Argentina, es geopolíticamente tan relevante. Viene a chillar contra el imperio, y lo hace colonizando la imagen de otro país, en un acto de imperialismo chusco que me resulta imposible entender cómo han permitido.
Desde luego, un acto así resultaría impensable en Europa. Ya sé que la Argentina respondió poco, que el Gobierno no envió a nadie, que eran menos de los que querían, pero haberlo permitido es ya, sin duda, una dejación muy seria de la soberanía de un país.
Por supuesto, la visita de Bush por América del Sur merece una mirada crítica: no en vano el gobierno norteamericano ha ignorado los problemas de la región. Pero hay un gran trecho entre la crítica severa y este acto de "freakismo" político que reúne lo mejor de la izquierda más jurásica.
Si la oposición a Bush son los amigos de Irán, las amigas de ETA y un aprendiz de dictador que dilapida la fortuna de su país, mientras crecen las diferencias sociales, Bush mejora por momentos.
No hay nada como tener enemigos de caricatura para parecer algo serio.
Pilar Rahola / www.elreloj.com
Los diez mitos médicos más populares desterrados por los investigadores
Los mitos médicos son muy comunes. A veces, lo que las personas creen que saben sobre una enfermedad o su tratamiento puede tener un importante impacto en la forma en que la controlan, e incluso pueden dañar su salud. Y cuando los mitos médicos comienzan a interferir con un control adecuado, es momento de reconciliarse con la realidad, explican los especialistas. Una forma de contrarrestar los malentendidos es brindándole a la gente información precisa y educación para ayudarles a cuidarse adecuadamente. Los investigadores médicos han tratado de explicar o desterrar ciertas creencias que circulan en la "medicina popular".
Uno de estos mitos se refiere a que "la saliva es un buen desinfectante". Y esta falsa idea tiene una base fundamental en la imitación animal. La saliva está compuesta en un 95% de su volumen por agua, el 5% restante lo integran sales minerales como iones de sodio, potasio, cloruro, bicarbonato y fosfatos. Recientemente se han identificado también sustancias como la lisozima, que rompe las paredes celulares de las bacterias contenidas en los alimentos, protegiendo en parte a los dientes de las caries y de las infecciones. Sin embargo, su poder bactericida es muy bajo y lo más probable es que la aplicación de saliva en las heridas favorezca el transporte de gérmenes más agresivos que aumenten el riesgo de infección de las mismas. Entre las creencias más "simpáticas" figura la que afirma que " cortar el pelo hace que crezca más rápido y fuerte ".
Bueno, parece ser, según los que saben , que cortarlo solamente lo hace más corto y crece casi exactamente un centímetro por mes, "no importa qué haces o tomas". Además, el cabello es más grueso en la base que en el extremo y por ello cuando lo cortamos da la sensación que sale más fuerte.
Otra creencia muy difundida es que "la inyección es el tratamiento más rápido". En realidad, cada medicación tiene su vía específica de administración en el organismo. Muchos pacientes frecuentemente piden inyecciones. Al respecto, explica la doctora Beena Kamath , "La mayoría del tiempo, las inyecciones no son necesarias, y más, pueden ser peligrosas (causar una infección por la piel). Siempre hay medicina efectiva en forma de tabletas o jarabes que son más baratas y más seguras". Respecto a las enfermedades, está muy arraigada la idea de que el " Asma es psicológica". Al respecto, explican los especialistas, "el factor psicológico juega un papel importante en todas las enfermedades crónicas, desencadenando o exacerbando las afecciones.
Esto no significa que el Asma sea una enfermedad psicológica pura, ya que necesita un terreno alérgico o no, que permita que el factor psicógeno entre otros, posibilite la aparición de las crisis".
Otro error muy común es creer que "para la gripe y los resfríos, lo mejor es el antibiótico".
Precisamente porque la gripe y el resfrío es una enfermedad viral , no tiene sentido la insistencia de muchos pacientes en recibir antibióticos: los antibióticos no matan los virus, sino que, como la propia etimología de la palabra indica, 'matan bacterias'.También está muy arraigado popularmente que "l as corrientes de aire producen los resfríos". En realidad, explican los especialistas, " nadie se resfría por no llevar una chaqueta o un suéter cuando está fresco, por sentarse o quedarse dormido en un lugar con corriente de aire, o por salir con el pelo mojado". Lo que sucede es que el frío baja nuestras defensas y los virus se aprovechan de eso. Pero si no hay virus (existen más de 100 tipos de rinovirus), no hay resfrío.
Incluso desde el embarazo ya surgen mitos. Como el que afirma que si el vientre de la futura mamá está bajo, es un niño, y si está alto, una niña. O que si la panza está en punta es varón y si es redonda es mujer; simplemente no es verdad. La forma y altura del vientre están determinadas por el tono muscular y uterino y por la posición del bebé. Y una vez que nació el bebé, otra creencia, que hay que "tomar con pinzas". Es la que dice que amamantar es el mejor anticonceptivo.
Lo cierto es que el Método de la Lactancia (MELA), como se lo llama, sólo es válido, explica la Guía para el uso de métodos anticonceptivos del Ministerio de Salud de la Nación sí y sólo sí la lactancia es exclusiva y la madre amamanta fre-cuen-temen-te, tanto de día como de noche (no deben transcurrir más de seis horas entre mamada y mamada); si no se han reiniciado los períodos menstruales y si el bebé es menor de 6 meses de edad. Las estadísticas indican que en los primeros 6 meses después del parto, su eficacia es del 98%. Pero, si no se respeta al pie de la letra los puntos anteriores, no se aceptan quejas.
Y quien no escuchó que "si uno se atraganta lo mejor es la miga de pan" . El atragantamiento, que se produce cuando un trozo de alimento o un cuerpo extraño se quedan atorados en la garganta o en la vía aérea, provoca cerca de 3.000 muertes al año, explica la NewYork-Presbyterian Hospital.
En estos casos, la técnica de primeros auxilios recomendada es La Maniobra de Heimlich (ver técnica), que consiste en una serie de empujones en el abdomen, por debajo del diafragma. Este es el único método recomendado en la actualidad por la Cruz Roja Americana para despejar la vía aérea bloqueada en los adultos. En el caso de niños muy pequeños , una opción sería colocarlos boca abajo en nuestro antebrazo, aplicando con la otra mano unos golpes bruscos entre los omóplatos. Maniobras como deglutir migas de pan es, en muchos casos, contraproducente afirman los especialistas.
Por último, una técnica clásica de primeros auxilios, pero que actualmente los médicos dicen que es inútil e incluso peligrosa es " c hupar el veneno de una mordedura de serpiente" . Estas anticuadas actuaciones "hacen más mal que bien al retrasar el urgente cuidado médico, contaminando la herida y dañando los nervios y los vasos sanguíneos", comenta Robert Barish, un médico de emergencias de la Universidad de Maryland. La víctima no debería sufrir ningún daño y ser transportado al centro médico más cercano, tan pronto como sea posible. Queda claro que no todo lo que se cree es cierto, por eso, lo mejor, siempre es consultar con el médico.
Mariana Nisebe
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Uno de estos mitos se refiere a que "la saliva es un buen desinfectante". Y esta falsa idea tiene una base fundamental en la imitación animal. La saliva está compuesta en un 95% de su volumen por agua, el 5% restante lo integran sales minerales como iones de sodio, potasio, cloruro, bicarbonato y fosfatos. Recientemente se han identificado también sustancias como la lisozima, que rompe las paredes celulares de las bacterias contenidas en los alimentos, protegiendo en parte a los dientes de las caries y de las infecciones. Sin embargo, su poder bactericida es muy bajo y lo más probable es que la aplicación de saliva en las heridas favorezca el transporte de gérmenes más agresivos que aumenten el riesgo de infección de las mismas. Entre las creencias más "simpáticas" figura la que afirma que " cortar el pelo hace que crezca más rápido y fuerte ".
Bueno, parece ser, según los que saben , que cortarlo solamente lo hace más corto y crece casi exactamente un centímetro por mes, "no importa qué haces o tomas". Además, el cabello es más grueso en la base que en el extremo y por ello cuando lo cortamos da la sensación que sale más fuerte.
Otra creencia muy difundida es que "la inyección es el tratamiento más rápido". En realidad, cada medicación tiene su vía específica de administración en el organismo. Muchos pacientes frecuentemente piden inyecciones. Al respecto, explica la doctora Beena Kamath , "La mayoría del tiempo, las inyecciones no son necesarias, y más, pueden ser peligrosas (causar una infección por la piel). Siempre hay medicina efectiva en forma de tabletas o jarabes que son más baratas y más seguras". Respecto a las enfermedades, está muy arraigada la idea de que el " Asma es psicológica". Al respecto, explican los especialistas, "el factor psicológico juega un papel importante en todas las enfermedades crónicas, desencadenando o exacerbando las afecciones.
Esto no significa que el Asma sea una enfermedad psicológica pura, ya que necesita un terreno alérgico o no, que permita que el factor psicógeno entre otros, posibilite la aparición de las crisis".
Otro error muy común es creer que "para la gripe y los resfríos, lo mejor es el antibiótico".
Precisamente porque la gripe y el resfrío es una enfermedad viral , no tiene sentido la insistencia de muchos pacientes en recibir antibióticos: los antibióticos no matan los virus, sino que, como la propia etimología de la palabra indica, 'matan bacterias'.También está muy arraigado popularmente que "l as corrientes de aire producen los resfríos". En realidad, explican los especialistas, " nadie se resfría por no llevar una chaqueta o un suéter cuando está fresco, por sentarse o quedarse dormido en un lugar con corriente de aire, o por salir con el pelo mojado". Lo que sucede es que el frío baja nuestras defensas y los virus se aprovechan de eso. Pero si no hay virus (existen más de 100 tipos de rinovirus), no hay resfrío.
Incluso desde el embarazo ya surgen mitos. Como el que afirma que si el vientre de la futura mamá está bajo, es un niño, y si está alto, una niña. O que si la panza está en punta es varón y si es redonda es mujer; simplemente no es verdad. La forma y altura del vientre están determinadas por el tono muscular y uterino y por la posición del bebé. Y una vez que nació el bebé, otra creencia, que hay que "tomar con pinzas". Es la que dice que amamantar es el mejor anticonceptivo.
Lo cierto es que el Método de la Lactancia (MELA), como se lo llama, sólo es válido, explica la Guía para el uso de métodos anticonceptivos del Ministerio de Salud de la Nación sí y sólo sí la lactancia es exclusiva y la madre amamanta fre-cuen-temen-te, tanto de día como de noche (no deben transcurrir más de seis horas entre mamada y mamada); si no se han reiniciado los períodos menstruales y si el bebé es menor de 6 meses de edad. Las estadísticas indican que en los primeros 6 meses después del parto, su eficacia es del 98%. Pero, si no se respeta al pie de la letra los puntos anteriores, no se aceptan quejas.
Y quien no escuchó que "si uno se atraganta lo mejor es la miga de pan" . El atragantamiento, que se produce cuando un trozo de alimento o un cuerpo extraño se quedan atorados en la garganta o en la vía aérea, provoca cerca de 3.000 muertes al año, explica la NewYork-Presbyterian Hospital.
En estos casos, la técnica de primeros auxilios recomendada es La Maniobra de Heimlich (ver técnica), que consiste en una serie de empujones en el abdomen, por debajo del diafragma. Este es el único método recomendado en la actualidad por la Cruz Roja Americana para despejar la vía aérea bloqueada en los adultos. En el caso de niños muy pequeños , una opción sería colocarlos boca abajo en nuestro antebrazo, aplicando con la otra mano unos golpes bruscos entre los omóplatos. Maniobras como deglutir migas de pan es, en muchos casos, contraproducente afirman los especialistas.
Por último, una técnica clásica de primeros auxilios, pero que actualmente los médicos dicen que es inútil e incluso peligrosa es " c hupar el veneno de una mordedura de serpiente" . Estas anticuadas actuaciones "hacen más mal que bien al retrasar el urgente cuidado médico, contaminando la herida y dañando los nervios y los vasos sanguíneos", comenta Robert Barish, un médico de emergencias de la Universidad de Maryland. La víctima no debería sufrir ningún daño y ser transportado al centro médico más cercano, tan pronto como sea posible. Queda claro que no todo lo que se cree es cierto, por eso, lo mejor, siempre es consultar con el médico.
Mariana Nisebe
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Hablar por la herida
¿Cuántas mujeres nacidas en el hospital Digfeer de Mogadiscio (Somalia) en noviembre de 1969 siguen vivas? ¿Y cuántas de ellas tienen voz propia? “La decisión de escribir este libro no me resultó fácil. ¿Por qué iba a mostrar al mundo unas memorias tan íntimas? No quiero que mis argumentos se consideren sacrosantos por el hecho de haber vivido experiencias terribles, algo que además no es del todo cierto. En realidad, mi vida se ha visto marcada por una enorme dosis de buena fortuna.” Habla Ayaan Hirsi Alí, hija de Hirsi, que era hijo de Magan, y éste de Isse, e Isse de Guleid, que a su vez era hijo de Alí... Una familia que salió de Arabia hacia Somalia hace 800 años, cuando comenzó el gran clan de los Darod. Hirsi Alí es una Darod, una Harti, una Macherten, una Osman Mahamud. Es de la rama llamada la Espalda Más Alta. “Eres una Magan. Recuérdalo siempre”, le advertía su abuela, agitando una vara delante de ella mientras la obligaba a memorizar a sus descendientes. “Los apellidos te harán fuerte. Son tu linaje. Si los honras, te mantendrán viva. Si los deshonras, te abandonarán. No serás nada. Llevarás una vida miserable y morirás sola.”
Al nacer
Hace 37 años, Ayaan Hirsi Alí pesó poco más de un kilo y medio. A su madre le pronosticaron: “Este bebé no va a vivir”. Su madre se decía a sí misma: “Este bebé no va a vivir”. Ayaan no iba a vivir cuando enfermó de malaria y neumonía. Ni cuando le extirparon los genitales y creyó morir del dolor, y después de una herida que no cicatrizaba. Estuvo a las puertas de la muerte cuando el maestro que le enseñaba el Corán le fracturó el cráneo. Pero vivió. “Sigo viva, y eso es mucho más de lo que pueden decir los millones y millones de mujeres musulmanas que han tenido que rendirse, que viven encerradas en una jaula llamada Islam.” Anatema. Blasfemia. Impura. Sus palabras le han supuesto una sentencia de muerte. El guión que escribió para la película Submission: Part I le costó la vida al director de cine Theo van Gogh, acribillado a balazos, degollado y su pecho utilizado como tablón de anuncios: el asesino clavó allí una nota para Hirsi Alí, una carta muy concisa, como una fatwa –según los testigos, Van Gogh llegó a esgrimir el sentido común holandés antes de morir ajusticiado: “¿Seguro que esto no podemos hablarlo?”, aseguran que dijo–.
Desde septiembre
De 2006, esta fiera defensora de la libertad vive en la capital de Estados Unidos. “La situación se hizo insoportable en Holanda. De un día para otro me quedé sin empleo –como diputada en el Parlamento holandés–, sin nacionalidad –la ministra de Inmigración Rita Verdonk le retiró su pasaporte tras alegar que había mentido al solicitar el asilo–, sin hogar –sus vecinos pidieron que fuera expulsada de su casa por creer que comprometía su seguridad–, sin futuro; vivía escondida, estaba amenazada de muerte.” Estados Unidos le abrió las puertas. Christopher Demuth, presidente del American Enterprise Institute (AEI), un instituto de estudios de Washington, le ofreció empleo. Desde luego que habrá quien, al saber que Hirsi Alí trabaja en el centro de estudios de carácter conservador, ha sonreído complacido como diciendo: “Ahora se explica todo, ya lo sabíamos: era del equipo de Bush”. En el mundo de lo políticamente correcto que vivimos, Ayaan Hirsi Alí dice verdades que duelen, es una gran crítica de los relativismos culturales que tanto proliferan en Occidente y que, a su juicio, encierran a los seguidores del Islam en su atraso. “Eso es racismo en su acepción más pura. No me asusta la idea de que me tilden de derechista. Cada cual puede tener sus ideas sobre EE.UU., pero yo creo que sigue siendo el líder del mundo libre. No creo estar vendiéndome por pensar, plasmar mis ideas en estudios en EE.UU. En Washington tendré mucho más tiempo para pensar que cuando formaba parte de la política en Holanda e intentaba que el ideario del partido recogiera mi sensibilidad; me propuse que el Islam formara parte del debate político y lo logré. Cuando he defendido la idea de que había que cambiar la situación de las musulmanas de inmediato, la respuesta que he obtenido es la de que hay que tener paciencia. ¿Fue eso lo que dijeron a los mineros del siglo XIX cuando luchaban por los derechos de los trabajadores? Europa parece estar cegada por el llamado multiculturalismo, subyugada al imperativo de ser sensibles y respetuosos con la cultura de los inmigrantes, defendiendo los relativistas morales. ¿Es cultura ser lapidada?”
Hirsi Alí
Estaba condenada a una vida de sometimiento. A Alá. Al clan. A su padre. A los varones de la familia. Su abuela –“una mujer iletrada que vivía en la edad de hierro y que consideraba los sentimientos una necedad autoindulgente”– aterrorizó su infancia: “Una mujer sola es como un pedazo de grasa de oveja a pleno sol. Acudirá cualquier cosa y comerá de esa grasa. Antes de que os deis cuenta, las hormigas y los insectos la habrán invadido hasta que apenas quede una mancha de grasa”. Durante años, esa imagen protagonizó las pesadillas de la pequeña Ayaan. Se crió en Somalia, de donde huyó con su familia para refugiarse en Arabia Saudita, Etiopía y Kenia.
Iba a decirle que me hablara de su infancia... –(Ríe.) Pues tuve una infancia normal, normal para los que eran como yo, claro. Por eso, cuando llegué a Holanda y vi que los pequeños tenían derechos, que los padres leían libros sobre cómo educar y sobre cómo jugar con sus hijos, pues... mi mundo empezó a ser otro, el de una persona libre que no vive atemorizada por la religión ni por la casta ni por su sexo. La razón no existía. Se obedecía y punto. Cuando a los 14 años tuve mi primera menstruación creí que tenía un corte en el vientre y que iba a morir, pero no dije nada. Imaginaba que aquello era algo vergonzoso, no sabía por qué. El día en que mi hermana enseñó a mi madre mi ropa interior manchada de sangre, mi madre lo primero que me gritó fue “sucia prostituta” y empezó a golpearme con el puño cerrado. Mi hermano mayor me tuvo que rescatar y explicar que lo que me estaba sucediendo era algo normal.
“Yo era una mujer somalí y, como tal, mi sexualidad pertenecía al amo de mi familia, mi padre o mis tíos”, escribe en su libro. Así es, además, se encargaron de coserme para garantizar que llegara virgen al matrimonio, entre otras cosas. Esa barrera sólo la podría romper mi marido.
Usted ha sufrido la ablación. ¿Qué edad tenía? Cinco años. Fue a esa edad cuando mi abuela decidió que me sometiera al rito de la purificación, en contra del deseo de mi padre, que no apoyaba esas ideas por considerarlas antiguas y aberrantes. Pero mi padre no estaba. Y en Somalia, al igual que en muchos países de Africa y Medio Oriente, se purifica a las niñas mutilándoles los genitales. Con lo que un buen día mi severa abuela decidió que nuestros kintir, nuestros clítoris, eran muy largos. “Tu clítoris llegará a ser tan largo que se balanceará de un lado para otro”, nos decía a mi hermana y a mí. Yo no entendía nada. Hasta que un día me tocó vivirlo. Recuerdo que un hombre llegó a casa; casi seguro que era un circuncisor tradicional itinerante del clan de los herreros. Primero, mi abuela se encerró con mi hermano y le hicieron algo, no sabía qué, pero había sangre y mi hermano se quejaba, tenía la cara desencajada y la mirada aterrada. Luego me tocó a mí. El hombre tenía unas inmensas tijeras en la mano. Mi abuela y otras mujeres me sujetaban. Aquel hombre puso su mano sobre mi sexo y empezó a pellizcarlo, como mi abuela cuando ordeñaba las cabras. “¡Ahí está el kintir!”, dijo una de las mujeres que ayudaban en el rito. Entonces las tijeras descendieron entre mis piernas y el hombre cortó mis labios interiores y el clítoris. Lo oí perfectamente. Clack. Como cuando se corta en una carnicería un pedazo de carne. El dolor que se experimenta no tiene palabras, me subía por las piernas, no dejaba de aullar, me invadió entera, un dolor imposible de explicar. Pero después de que te han mutilado, después de que notas cómo la sangre te corre por las piernas, me cosieron. Aquel señor tenía una enorme aguja sin punta y con ella remató su faena. No acababa nunca la pesadilla. No recuerdo más de mi propio dolor, pero sí del de mi hermana pequeña; sus chillidos me helaban la sangre. Haweya –quien vivirá una existencia dura y acabará muriendo tras una violación en Nairobi cuando estaba embarazada– luchó tanto, intentó zafarse de tal modo, que al hombre se le escapaba de las manos. Le cortó los muslos y las cicatrices las llevó de por vida.
Hay muchas Ayaan
Muchas Haweya. Miles de niñas mueren durante o después de la ablación, a causa de infecciones. Pero, además de la muerte, esta brutal práctica provoca otras complicaciones que causan inenarrables dolores que pueden llegar a prolongarse durante toda la vida. En Somalia, donde casi todas las niñas están mutiladas, esta práctica se justifica siempre en nombre del Islam. Cuando Hirsi Alí intentó, desde su papel de mujer política en Holanda, abordar temas como la ablación o los crímenes de honor, sus compañeros de entonces –llegó a diputada con los liberales–, le echaban en cara que no respaldara sus argumentos con datos. Y es que no podía hacerlo. Porque no existen. Los funcionarios del Ministerio de Justicia holandés alegaban que no contabilizaban los crímenes de honor porque, al establecer ese criterio, se estaría “estigmatizando a un grupo de la sociedad”.
¿Cuál es la relación que tiene con su cuerpo? Tantos años viviendo en la convicción de que el mundo era “haran” (pecado), tantos años negando su sexualidad... Soy capaz de contemplarme desnuda ante el espejo, fugazmente, pero no es fácil. Disfruto el sexo. Pero tengo muchas amigas que no pueden, por razones físicas, porque el clítoris les fue extirpado, o porque sencillamente son incapaces, siguen prisioneras.
Mujer. Negra.
Musulmana. Mi vida, mi libertad (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, España) es el relato autobiográfico de Ayaan Hirsi Alí, una mujer que ha luchado para dejar de ser esclava de la religión islámica y formarse como persona, llevada casi exclusivamente por su propio ímpetu, en una trayectoria en la que destaca la sinceridad que es la que al final le ha permitido distanciarse tanto del fundamentalismo islámico como de la corrección política europea. Con un estilo directo, claro, transparente, contundente e inteligente, la ex diputada desgrana en su libro la dramática historia de una revolución personal.
¿Por qué abandonó su religión? Sentí que me estaba convirtiendo en una apóstata tras el 11S. Todas las declaraciones que Osama bin Laden y su gente citaron del Corán para justificar los atentados las busqué y estaban allí. Bin Laden citaba verdaderamente las aleyas de nuestro texto sagrado. “¡No es posible!”, pensé. Pero lo era, ¡allí estaban! El rechazo fue algo natural. Más tarde leí un libro, un libro que sabía que no me hacía falta leer porque yo ya había roto con Dios: El manifiesto ateo. Antes de llegar a la cuarta página sabía que había echado a Dios de mi vida. Me había vuelto atea. Lo descubrí estando de vacaciones en Grecia, y como no tenía a nadie a quien decírselo, me miré en el espejo y me dije: “No creo en Dios”. Hablé muy despacio y en somalí. Y me sentí bien, no experimenté ningún dolor, sino una gran claridad. La perspectiva de abrasarme en el infierno desapareció y mi horizonte se hizo muy amplio.
¿No cree que pueda haber un Islam moderado? La gente dice que los valores del Islam son la compasión, la tolerancia y la libertad, y yo observo la realidad, las culturas y los gobiernos, y veo que eso, lisa y llanamente, no es así. En Occidente, muchos aceptan ese tipo de aseveraciones porque han aprendido a valorar las religiones o las culturas de un modo no demasiado crítico por miedo a que los llamen racistas. Lo peor que se le puede llamar a un holandés es racista. Su pasado colonizador, el apartheid en Sudáfrica...
Es la europea
Del año 2006. La revista Time la consideró en 2005 una de las 100 personas más influyentes del mundo. Cuando le comunicaron la noticia, Hirsi Alí corrió a comprar un ejemplar. Pero faltaban semanas para que el número estuviera en los quioscos. El Time que compró hablaba de la pobreza en Africa. En la portada había una mujer joven y delgada con tres niños pequeños. Llevaba una ropa como la que llevaban su abuela y su estricta madre, y en sus ojos se leía la desesperación. Dice la mujer que pesó un kilo y medio al nacer, que aquella imagen la transportó a Somalia, a Kenia, a la pobreza, a la enfermedad y al miedo.“¿Por qué no estoy en Kenia en un campo de refugiados agachada ante un hornillo de carbón cocinando? –pensó entonces– ¿Por qué me convertí en parlamentaria holandesa? He tenido suerte. Soy afortunada. No muchas mujeres son afortunadas en los lugares de donde vengo. Estoy en deuda con todas ellas de alguna manera.
¿De qué manera? Necesito encontrar a las mujeres que permanecen atrapadas en la jaula mental del Islam, en la estructura de la irracionalidad y la superstición, y convencerlas de que tomen en sus manos las riendas de sus vidas. En los últimos 50 años, el mundo musulmán se ha visto catapultado a la modernidad. Entre mi abuela y yo media un lapso de tan sólo dos generaciones, pero en realidad el salto es milenario. Hoy, cuando se cruza la frontera con Somalia, se retrocede en el tiempo cientos de años. Y no creo que hagan falta 600 años de reforma para que los musulmanes cambien el concepto de igualdad y derechos individuales.
Yolanda Monge / Las12
© 2000-2007 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Al nacer
Hace 37 años, Ayaan Hirsi Alí pesó poco más de un kilo y medio. A su madre le pronosticaron: “Este bebé no va a vivir”. Su madre se decía a sí misma: “Este bebé no va a vivir”. Ayaan no iba a vivir cuando enfermó de malaria y neumonía. Ni cuando le extirparon los genitales y creyó morir del dolor, y después de una herida que no cicatrizaba. Estuvo a las puertas de la muerte cuando el maestro que le enseñaba el Corán le fracturó el cráneo. Pero vivió. “Sigo viva, y eso es mucho más de lo que pueden decir los millones y millones de mujeres musulmanas que han tenido que rendirse, que viven encerradas en una jaula llamada Islam.” Anatema. Blasfemia. Impura. Sus palabras le han supuesto una sentencia de muerte. El guión que escribió para la película Submission: Part I le costó la vida al director de cine Theo van Gogh, acribillado a balazos, degollado y su pecho utilizado como tablón de anuncios: el asesino clavó allí una nota para Hirsi Alí, una carta muy concisa, como una fatwa –según los testigos, Van Gogh llegó a esgrimir el sentido común holandés antes de morir ajusticiado: “¿Seguro que esto no podemos hablarlo?”, aseguran que dijo–.
Desde septiembre
De 2006, esta fiera defensora de la libertad vive en la capital de Estados Unidos. “La situación se hizo insoportable en Holanda. De un día para otro me quedé sin empleo –como diputada en el Parlamento holandés–, sin nacionalidad –la ministra de Inmigración Rita Verdonk le retiró su pasaporte tras alegar que había mentido al solicitar el asilo–, sin hogar –sus vecinos pidieron que fuera expulsada de su casa por creer que comprometía su seguridad–, sin futuro; vivía escondida, estaba amenazada de muerte.” Estados Unidos le abrió las puertas. Christopher Demuth, presidente del American Enterprise Institute (AEI), un instituto de estudios de Washington, le ofreció empleo. Desde luego que habrá quien, al saber que Hirsi Alí trabaja en el centro de estudios de carácter conservador, ha sonreído complacido como diciendo: “Ahora se explica todo, ya lo sabíamos: era del equipo de Bush”. En el mundo de lo políticamente correcto que vivimos, Ayaan Hirsi Alí dice verdades que duelen, es una gran crítica de los relativismos culturales que tanto proliferan en Occidente y que, a su juicio, encierran a los seguidores del Islam en su atraso. “Eso es racismo en su acepción más pura. No me asusta la idea de que me tilden de derechista. Cada cual puede tener sus ideas sobre EE.UU., pero yo creo que sigue siendo el líder del mundo libre. No creo estar vendiéndome por pensar, plasmar mis ideas en estudios en EE.UU. En Washington tendré mucho más tiempo para pensar que cuando formaba parte de la política en Holanda e intentaba que el ideario del partido recogiera mi sensibilidad; me propuse que el Islam formara parte del debate político y lo logré. Cuando he defendido la idea de que había que cambiar la situación de las musulmanas de inmediato, la respuesta que he obtenido es la de que hay que tener paciencia. ¿Fue eso lo que dijeron a los mineros del siglo XIX cuando luchaban por los derechos de los trabajadores? Europa parece estar cegada por el llamado multiculturalismo, subyugada al imperativo de ser sensibles y respetuosos con la cultura de los inmigrantes, defendiendo los relativistas morales. ¿Es cultura ser lapidada?”
Hirsi Alí
Estaba condenada a una vida de sometimiento. A Alá. Al clan. A su padre. A los varones de la familia. Su abuela –“una mujer iletrada que vivía en la edad de hierro y que consideraba los sentimientos una necedad autoindulgente”– aterrorizó su infancia: “Una mujer sola es como un pedazo de grasa de oveja a pleno sol. Acudirá cualquier cosa y comerá de esa grasa. Antes de que os deis cuenta, las hormigas y los insectos la habrán invadido hasta que apenas quede una mancha de grasa”. Durante años, esa imagen protagonizó las pesadillas de la pequeña Ayaan. Se crió en Somalia, de donde huyó con su familia para refugiarse en Arabia Saudita, Etiopía y Kenia.
Iba a decirle que me hablara de su infancia... –(Ríe.) Pues tuve una infancia normal, normal para los que eran como yo, claro. Por eso, cuando llegué a Holanda y vi que los pequeños tenían derechos, que los padres leían libros sobre cómo educar y sobre cómo jugar con sus hijos, pues... mi mundo empezó a ser otro, el de una persona libre que no vive atemorizada por la religión ni por la casta ni por su sexo. La razón no existía. Se obedecía y punto. Cuando a los 14 años tuve mi primera menstruación creí que tenía un corte en el vientre y que iba a morir, pero no dije nada. Imaginaba que aquello era algo vergonzoso, no sabía por qué. El día en que mi hermana enseñó a mi madre mi ropa interior manchada de sangre, mi madre lo primero que me gritó fue “sucia prostituta” y empezó a golpearme con el puño cerrado. Mi hermano mayor me tuvo que rescatar y explicar que lo que me estaba sucediendo era algo normal.
“Yo era una mujer somalí y, como tal, mi sexualidad pertenecía al amo de mi familia, mi padre o mis tíos”, escribe en su libro. Así es, además, se encargaron de coserme para garantizar que llegara virgen al matrimonio, entre otras cosas. Esa barrera sólo la podría romper mi marido.
Usted ha sufrido la ablación. ¿Qué edad tenía? Cinco años. Fue a esa edad cuando mi abuela decidió que me sometiera al rito de la purificación, en contra del deseo de mi padre, que no apoyaba esas ideas por considerarlas antiguas y aberrantes. Pero mi padre no estaba. Y en Somalia, al igual que en muchos países de Africa y Medio Oriente, se purifica a las niñas mutilándoles los genitales. Con lo que un buen día mi severa abuela decidió que nuestros kintir, nuestros clítoris, eran muy largos. “Tu clítoris llegará a ser tan largo que se balanceará de un lado para otro”, nos decía a mi hermana y a mí. Yo no entendía nada. Hasta que un día me tocó vivirlo. Recuerdo que un hombre llegó a casa; casi seguro que era un circuncisor tradicional itinerante del clan de los herreros. Primero, mi abuela se encerró con mi hermano y le hicieron algo, no sabía qué, pero había sangre y mi hermano se quejaba, tenía la cara desencajada y la mirada aterrada. Luego me tocó a mí. El hombre tenía unas inmensas tijeras en la mano. Mi abuela y otras mujeres me sujetaban. Aquel hombre puso su mano sobre mi sexo y empezó a pellizcarlo, como mi abuela cuando ordeñaba las cabras. “¡Ahí está el kintir!”, dijo una de las mujeres que ayudaban en el rito. Entonces las tijeras descendieron entre mis piernas y el hombre cortó mis labios interiores y el clítoris. Lo oí perfectamente. Clack. Como cuando se corta en una carnicería un pedazo de carne. El dolor que se experimenta no tiene palabras, me subía por las piernas, no dejaba de aullar, me invadió entera, un dolor imposible de explicar. Pero después de que te han mutilado, después de que notas cómo la sangre te corre por las piernas, me cosieron. Aquel señor tenía una enorme aguja sin punta y con ella remató su faena. No acababa nunca la pesadilla. No recuerdo más de mi propio dolor, pero sí del de mi hermana pequeña; sus chillidos me helaban la sangre. Haweya –quien vivirá una existencia dura y acabará muriendo tras una violación en Nairobi cuando estaba embarazada– luchó tanto, intentó zafarse de tal modo, que al hombre se le escapaba de las manos. Le cortó los muslos y las cicatrices las llevó de por vida.
Hay muchas Ayaan
Muchas Haweya. Miles de niñas mueren durante o después de la ablación, a causa de infecciones. Pero, además de la muerte, esta brutal práctica provoca otras complicaciones que causan inenarrables dolores que pueden llegar a prolongarse durante toda la vida. En Somalia, donde casi todas las niñas están mutiladas, esta práctica se justifica siempre en nombre del Islam. Cuando Hirsi Alí intentó, desde su papel de mujer política en Holanda, abordar temas como la ablación o los crímenes de honor, sus compañeros de entonces –llegó a diputada con los liberales–, le echaban en cara que no respaldara sus argumentos con datos. Y es que no podía hacerlo. Porque no existen. Los funcionarios del Ministerio de Justicia holandés alegaban que no contabilizaban los crímenes de honor porque, al establecer ese criterio, se estaría “estigmatizando a un grupo de la sociedad”.
¿Cuál es la relación que tiene con su cuerpo? Tantos años viviendo en la convicción de que el mundo era “haran” (pecado), tantos años negando su sexualidad... Soy capaz de contemplarme desnuda ante el espejo, fugazmente, pero no es fácil. Disfruto el sexo. Pero tengo muchas amigas que no pueden, por razones físicas, porque el clítoris les fue extirpado, o porque sencillamente son incapaces, siguen prisioneras.
Mujer. Negra.
Musulmana. Mi vida, mi libertad (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, España) es el relato autobiográfico de Ayaan Hirsi Alí, una mujer que ha luchado para dejar de ser esclava de la religión islámica y formarse como persona, llevada casi exclusivamente por su propio ímpetu, en una trayectoria en la que destaca la sinceridad que es la que al final le ha permitido distanciarse tanto del fundamentalismo islámico como de la corrección política europea. Con un estilo directo, claro, transparente, contundente e inteligente, la ex diputada desgrana en su libro la dramática historia de una revolución personal.
¿Por qué abandonó su religión? Sentí que me estaba convirtiendo en una apóstata tras el 11S. Todas las declaraciones que Osama bin Laden y su gente citaron del Corán para justificar los atentados las busqué y estaban allí. Bin Laden citaba verdaderamente las aleyas de nuestro texto sagrado. “¡No es posible!”, pensé. Pero lo era, ¡allí estaban! El rechazo fue algo natural. Más tarde leí un libro, un libro que sabía que no me hacía falta leer porque yo ya había roto con Dios: El manifiesto ateo. Antes de llegar a la cuarta página sabía que había echado a Dios de mi vida. Me había vuelto atea. Lo descubrí estando de vacaciones en Grecia, y como no tenía a nadie a quien decírselo, me miré en el espejo y me dije: “No creo en Dios”. Hablé muy despacio y en somalí. Y me sentí bien, no experimenté ningún dolor, sino una gran claridad. La perspectiva de abrasarme en el infierno desapareció y mi horizonte se hizo muy amplio.
¿No cree que pueda haber un Islam moderado? La gente dice que los valores del Islam son la compasión, la tolerancia y la libertad, y yo observo la realidad, las culturas y los gobiernos, y veo que eso, lisa y llanamente, no es así. En Occidente, muchos aceptan ese tipo de aseveraciones porque han aprendido a valorar las religiones o las culturas de un modo no demasiado crítico por miedo a que los llamen racistas. Lo peor que se le puede llamar a un holandés es racista. Su pasado colonizador, el apartheid en Sudáfrica...
Es la europea
Del año 2006. La revista Time la consideró en 2005 una de las 100 personas más influyentes del mundo. Cuando le comunicaron la noticia, Hirsi Alí corrió a comprar un ejemplar. Pero faltaban semanas para que el número estuviera en los quioscos. El Time que compró hablaba de la pobreza en Africa. En la portada había una mujer joven y delgada con tres niños pequeños. Llevaba una ropa como la que llevaban su abuela y su estricta madre, y en sus ojos se leía la desesperación. Dice la mujer que pesó un kilo y medio al nacer, que aquella imagen la transportó a Somalia, a Kenia, a la pobreza, a la enfermedad y al miedo.“¿Por qué no estoy en Kenia en un campo de refugiados agachada ante un hornillo de carbón cocinando? –pensó entonces– ¿Por qué me convertí en parlamentaria holandesa? He tenido suerte. Soy afortunada. No muchas mujeres son afortunadas en los lugares de donde vengo. Estoy en deuda con todas ellas de alguna manera.
¿De qué manera? Necesito encontrar a las mujeres que permanecen atrapadas en la jaula mental del Islam, en la estructura de la irracionalidad y la superstición, y convencerlas de que tomen en sus manos las riendas de sus vidas. En los últimos 50 años, el mundo musulmán se ha visto catapultado a la modernidad. Entre mi abuela y yo media un lapso de tan sólo dos generaciones, pero en realidad el salto es milenario. Hoy, cuando se cruza la frontera con Somalia, se retrocede en el tiempo cientos de años. Y no creo que hagan falta 600 años de reforma para que los musulmanes cambien el concepto de igualdad y derechos individuales.
Yolanda Monge / Las12
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Haciendo cola
Si esta historia fuera una película, seguramente comenzaría en un laboratorio. Apenas iluminado por la luz mortecina de una bombita de 25 watts, la primera toma mostraría a un científico enfundado en su guardapolvo blanco en el preciso instante en que descubre, por accidente, una valiosísima fórmula secreta. Casi como si hubiera dado con la piedra filosofal del siglo XX, aunque en este caso, en vez de transmutar el plomo en oro, lograra convertir el agua en (algo similar a la) Coca-Cola. Sin embargo, la historia es real y su protagonista se llama Saúl Patrich, el creador de la bebida argentina más popular de los años ‘60: la Refres-Cola.
Eureka: un hallazgo accidental
En 1948, Patrich era un técnico químico especializado en bromatología que, pese a sus escasos 22 años, ya había trabajado para diversas firmas elaboradoras de bebidas como asesor y degustador profesional. Esta experiencia le había permitido desarrollar un “paladar absoluto” y con sólo probar un sorbo era capaz de detectar sus componentes. Tal vez por eso los dueños de Fernet Leocatta, para quienes trabajaba, acudieron a él como su última salvación: su Fernet era un fracaso, pero un distribuidor se había comprometido a comprarles toda la producción si cambiaban de rubro y lograban una imitación de un conocido amargo serrano. “¿Usted puede hacerlo?”, le preguntaron a Patrich, y de inmediato le extendieron un vaso con el producto a emular. El joven técnico hizo un buche y dejó que el líquido recorriera su boca para estimular las papilas gustativas, sopesó sus componentes, realizó unos cálculos mentales, tragó y respondió: “Dénme una semana”.
Luego visitó una herboristería y compró todo tipo de hierbas, las llevó a su laboratorio, las trituró, las maceró en alcohol y elaboró ocho muestras distintas. De una de ellas derivaría el amargo serrano que le habían solicitado y las siete restantes serían descartadas. Pero sucedió algo inesperado: “En la prueba número 6 encontré una pista —recuerda como si narrara una investigación detectivesca—. Al principio no sabía adónde me iba a llevar, aunque intuí que podía ser algo grande; así que me dediqué día y noche a experimentar con esa muestra para ver si podía dar con la clave de ese gusto tan extraño”. Y si bien a él mismo le costaría creerlo, esa pesquisa resultó clave para acercarse al sabor de aquella gaseosa de color negro y nombre raro originaria de los Estados Unidos.
Seis años antes, el lunes 3 de agosto de 1942, Coca-Cola había llegado al país y su primer aviso publicitario se difundía en los principales diarios a página completa. “Usted no olvidará jamás la inefable sensación de frescura y exquisito sabor de Coca-Cola”, decía el spot, pero a la vez advertía: “Eso sí, pídala siempre ¡bien helada!”. Hasta ese momento, el mercado de las gaseosas estaba dominado por Bilz, Pomona y Crush, los chicos tomaban chocolatada Vascolet y deportistas como Juan Manuel Fangio y el futbolista Vicente de la Mata recomendaban Kero, una bebida nutritiva “rica en dextrosa (sic)”.
Para imponerse en el gusto popular, Coca-Cola desplegó una enorme campaña publicitaria que aún continuaba seis años después de su arribo a estas tierras, y de ese modo llegó a manos de quien desentrañaría su preciado secreto: “Una tarde encontré un camión gigante de Coca-Cola en la esquina de casa, en Beiró y Bermúdez”, rememora Patrich, y agrega con una sonrisa: “Había dos chicas lindísimas: una rubia y una morocha repartiendo botellitas. Como no me podía decidir, le pedí una a cada una”. Apenas entró a su hogar, el químico destapó uno de los envases y probó su contenido. “No está mal”, pensó. Era un gusto nuevo, absolutamente original. Guardó la segunda botella y sólo la retiró días más tarde, para llevarla a su precario laboratorio en la fábrica Leocatta y cotejar su contenido con los resultados de su experimento número 6. Allí trabajó día y noche, haciendo innumerables pruebas hasta dar con la fórmula. “Era medianoche —señala don Saúl—, pesé cada hierba por separado en la balanza de precisión y anoté cuidadosamente las cantidades. Luego hice un jarabe con 50 gramos de azúcar, y le agregué acidez tartárica. Mezclé todo, lo diluí con agua y lo probé, lo comparé con la Coca-Cola y grité: ‘¡Lo tengo!’”.
La batalla por el nombre
Al poco tiempo, Patrich dejó su puesto en la firma Leocatta y abrió su propia fábrica... en los dos metros cuadrados que abarcaba el patio trasero de su casa. Allí ajustó su fórmula y preparó varias jarras que dio a probar entre familiares y vecinos.
-Es muy bueno. ¿Cómo se llama? -le preguntaban.
-Refres-Cola -respondía, con el pecho henchido de orgullo.
No obstante, pronto se toparía con un problema. “Yo quería registrar el nombre ‘Refres’ porque consideraba que ‘Cola’ era de uso genérico, pero Coca-Cola se oponía”, afirma. Claro que eso no lo amedrentó, todo lo contrario; y se puso a investigar a su contrincante. “Las bebidas cola son ácidas, y la acidez puede ser cítrica o tartárica, aunque en el caso de la Coca-Cola no detectaba ninguna de las dos”, explica el técnico, a quien le llevó tres años resolver el misterio: “Un día se me ocurrió consultar el código bromatológico de Estados Unidos y vi que ahí estaba permitido el ácido fosfórico. Entonces hice nuevas pruebas y descubrí que ésa era la sustancia responsable de la acidez de la Coca-Cola”.
Con ese dato, descubierto en los fondos de una modesta casa de Devoto, le inició juicio a una de las compañías más grandes del mundo: “Mi argumento era que la marca estaba mal concedida, porque ellos utilizaban ácido fosfórico, que en ese entonces no estaba habilitado por el código bromatológico de nuestro país”. Y debió ser un argumento de peso porque los abogados de Coca-Cola le propusieron llegar a un acuerdo para evitar el juicio. Así, la palabra “Cola” pasó a ser de uso genérico y pudo ser utilizada por otras bebidas.
Los duros inicios
Patrich había ganado la batalla por el nombre, pero ahora tenía que convertirlo en una marca reconocida. Para empezar, la Refres-Cola no era una gaseosa sino un jarabe concentrado listo para ser diluido con soda. De hecho, su etiqueta mostraba una familia tipo con el padre en el acto de accionar un sifón. Sus ventajas consistían en que podía ser utilizada mucho después de abierto el envase, sin perder sus cualidades, y que cada persona podía regular la intensidad del sabor a su gusto, como una gaseosa bajo el concepto “hágalo usted mismo”. Aunque su principal atributo era económico, como proclamaba uno de sus slogans: “Con una botella sola / 40 vasos de Refres-Cola”. Es decir que rendía casi 10 litros por botella. “Y aparte era más saludable -añade don Saúl- porque no contenía ácido fosfórico ni cafeína, que son las sustancias más cuestionadas de la Coca-Cola.” Pese a todo esto, no le fue sencillo imponer una bebida elaborada en el patio de su casa, con una cuba de madera de 200 litros sin bombeador ni filtro, y cuyas botellas eran llenadas, etiquetadas y encorchadas a mano, una por una, por el propio Patrich y sus hermanos.
El primer almacén que exhibió la Refres-Cola estaba en Canning y Warnes. El químico hacía el reparto a bordo del colectivo 124. “Cuando llegaba al comercio dejaba los cajones afuera, me asomaba y gritaba: ‘¡Un cajón de Refres-Cola!’. El dueño me pedía que lo bajara como si tuviera el transporte estacionado en la puerta. Entonces yo salía, esperaba un poco, y volvía a entrar con el cajón”, recuerda risueño. Luego alquiló una camioneta con chofer una vez por semana. La Refres-Cola empezó a ganar clientes y su dueño, dolores de espalda, por cargar los 12 kilos que pesaba cada cajón. Ese moderado éxito lo obligó a trasladar la “fábrica”: tras compartir una planta con otra firma en Haedo, tuvo su primera sede propia en un modesto galpón de Navarro al 4547, equipado con una llenadora de seis picos, una encorchadora manual, una bomba y un filtrador. Las ventas crecieron bastante, pero después se estancaron. Sin embargo, a Patrich le aguardaba un inesperado golpe de suerte.
El enigmatico senor Pollak
Una tarde de 1955, el técnico recibió la visita de un desconocido que se presentó como León Pollak, quien le ofreció comprar toda su producción para ser su representante exclusivo.
-¿Pero usted sabe cuál es nuestra producción? -le preguntó Patrich.
-No, pero eso es un detalle menor -contestó Pollak en tono despectivo.
El dueño rechazó la oferta. No obstante, días más tarde, recibió un llamado de Raúl Pereyra, director de la agencia de publicidad Naype: Pollak le había encargado una gigantesca campaña publicitaria para difundir la Refres-Cola y él había preparado afiches para vía pública y tenía reservados espacios en diarios, revistas y radios. Pero Pollak había desaparecido y la agencia quería saber cómo recuperar el dinero invertido. “Lo lamento —se excusó Patrich—. Yo tengo una pequeña fábrica y no puedo afrontar semejante gasto.” Entonces Pereyra le propuso un pacto de caballeros: él asumiría la inversión y si la campaña daba resultado, se cobraría los costos de las ganancias. En cambio, si fracasaba, el químico no tendría que pagar nada.
El slogan ideado por la agencia destacaba la principal virtud de la bebida, era efectivo y hasta admitía cierta belleza poética: “Haga cola con Refres-Cola... y verá que resulta más”. A las semanas, esa frase empapelaba las paredes de Buenos Aires, se leía en los laterales de los tranvías, en las páginas de los diarios y se escuchaba en forma de jingle por las principales radios. La repercusión fue descomunal y la capacidad productiva de la modesta sede de la calle Navarro se vio rápidamente desbordada. “Recibimos tantos pedidos que los camioneros se llevaban las botellas sin etiquetar y pegaban las etiquetas en el camino”, rememora don Saúl.
Auge y caida
Dos años después de esa campaña, el 12 de octubre de 1957, quedó inaugurada la nueva fábrica de Refres-Cola: una planta modelo totalmente automatizada que ocupaba una manzana completa de Ciudadela; y con ella comenzó la edad dorada de la bebida, que se extendió desde fines de los ‘50 hasta principios de los ‘70. De Rivadavia 12120 partían 20 camiones por día a las órdenes de las 28 distribuidoras que hacían llegar la Refres-Cola a todo el país. Los salones de fiestas encargaban damajuanas para preparar sus propias jarras de gaseosa y hasta hubo un pedido de Aerolíneas Argentinas, que en uno de sus vuelos convidó a sus pasajeros con la cola nacional. “Pero se ve que no prosperó porque no volvieron a pedirla”, dice Patrich.
Durante los ‘60, Refres-Cola fue un habitual auspiciante de programas de radio y televisión. Su repercusión fue tal que los memoriosos aún recuerdan el rumor que afirmaba que la bebida había sido un invento de Juan Domingo Perón para amargarle la vida a los capitales foráneos, versión que el técnico desmiente a carcajadas.
Sergio Núñez y Ariel Idez
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Eureka: un hallazgo accidental
En 1948, Patrich era un técnico químico especializado en bromatología que, pese a sus escasos 22 años, ya había trabajado para diversas firmas elaboradoras de bebidas como asesor y degustador profesional. Esta experiencia le había permitido desarrollar un “paladar absoluto” y con sólo probar un sorbo era capaz de detectar sus componentes. Tal vez por eso los dueños de Fernet Leocatta, para quienes trabajaba, acudieron a él como su última salvación: su Fernet era un fracaso, pero un distribuidor se había comprometido a comprarles toda la producción si cambiaban de rubro y lograban una imitación de un conocido amargo serrano. “¿Usted puede hacerlo?”, le preguntaron a Patrich, y de inmediato le extendieron un vaso con el producto a emular. El joven técnico hizo un buche y dejó que el líquido recorriera su boca para estimular las papilas gustativas, sopesó sus componentes, realizó unos cálculos mentales, tragó y respondió: “Dénme una semana”.
Luego visitó una herboristería y compró todo tipo de hierbas, las llevó a su laboratorio, las trituró, las maceró en alcohol y elaboró ocho muestras distintas. De una de ellas derivaría el amargo serrano que le habían solicitado y las siete restantes serían descartadas. Pero sucedió algo inesperado: “En la prueba número 6 encontré una pista —recuerda como si narrara una investigación detectivesca—. Al principio no sabía adónde me iba a llevar, aunque intuí que podía ser algo grande; así que me dediqué día y noche a experimentar con esa muestra para ver si podía dar con la clave de ese gusto tan extraño”. Y si bien a él mismo le costaría creerlo, esa pesquisa resultó clave para acercarse al sabor de aquella gaseosa de color negro y nombre raro originaria de los Estados Unidos.
Seis años antes, el lunes 3 de agosto de 1942, Coca-Cola había llegado al país y su primer aviso publicitario se difundía en los principales diarios a página completa. “Usted no olvidará jamás la inefable sensación de frescura y exquisito sabor de Coca-Cola”, decía el spot, pero a la vez advertía: “Eso sí, pídala siempre ¡bien helada!”. Hasta ese momento, el mercado de las gaseosas estaba dominado por Bilz, Pomona y Crush, los chicos tomaban chocolatada Vascolet y deportistas como Juan Manuel Fangio y el futbolista Vicente de la Mata recomendaban Kero, una bebida nutritiva “rica en dextrosa (sic)”.
Para imponerse en el gusto popular, Coca-Cola desplegó una enorme campaña publicitaria que aún continuaba seis años después de su arribo a estas tierras, y de ese modo llegó a manos de quien desentrañaría su preciado secreto: “Una tarde encontré un camión gigante de Coca-Cola en la esquina de casa, en Beiró y Bermúdez”, rememora Patrich, y agrega con una sonrisa: “Había dos chicas lindísimas: una rubia y una morocha repartiendo botellitas. Como no me podía decidir, le pedí una a cada una”. Apenas entró a su hogar, el químico destapó uno de los envases y probó su contenido. “No está mal”, pensó. Era un gusto nuevo, absolutamente original. Guardó la segunda botella y sólo la retiró días más tarde, para llevarla a su precario laboratorio en la fábrica Leocatta y cotejar su contenido con los resultados de su experimento número 6. Allí trabajó día y noche, haciendo innumerables pruebas hasta dar con la fórmula. “Era medianoche —señala don Saúl—, pesé cada hierba por separado en la balanza de precisión y anoté cuidadosamente las cantidades. Luego hice un jarabe con 50 gramos de azúcar, y le agregué acidez tartárica. Mezclé todo, lo diluí con agua y lo probé, lo comparé con la Coca-Cola y grité: ‘¡Lo tengo!’”.
La batalla por el nombre
Al poco tiempo, Patrich dejó su puesto en la firma Leocatta y abrió su propia fábrica... en los dos metros cuadrados que abarcaba el patio trasero de su casa. Allí ajustó su fórmula y preparó varias jarras que dio a probar entre familiares y vecinos.
-Es muy bueno. ¿Cómo se llama? -le preguntaban.
-Refres-Cola -respondía, con el pecho henchido de orgullo.
No obstante, pronto se toparía con un problema. “Yo quería registrar el nombre ‘Refres’ porque consideraba que ‘Cola’ era de uso genérico, pero Coca-Cola se oponía”, afirma. Claro que eso no lo amedrentó, todo lo contrario; y se puso a investigar a su contrincante. “Las bebidas cola son ácidas, y la acidez puede ser cítrica o tartárica, aunque en el caso de la Coca-Cola no detectaba ninguna de las dos”, explica el técnico, a quien le llevó tres años resolver el misterio: “Un día se me ocurrió consultar el código bromatológico de Estados Unidos y vi que ahí estaba permitido el ácido fosfórico. Entonces hice nuevas pruebas y descubrí que ésa era la sustancia responsable de la acidez de la Coca-Cola”.
Con ese dato, descubierto en los fondos de una modesta casa de Devoto, le inició juicio a una de las compañías más grandes del mundo: “Mi argumento era que la marca estaba mal concedida, porque ellos utilizaban ácido fosfórico, que en ese entonces no estaba habilitado por el código bromatológico de nuestro país”. Y debió ser un argumento de peso porque los abogados de Coca-Cola le propusieron llegar a un acuerdo para evitar el juicio. Así, la palabra “Cola” pasó a ser de uso genérico y pudo ser utilizada por otras bebidas.
Los duros inicios
Patrich había ganado la batalla por el nombre, pero ahora tenía que convertirlo en una marca reconocida. Para empezar, la Refres-Cola no era una gaseosa sino un jarabe concentrado listo para ser diluido con soda. De hecho, su etiqueta mostraba una familia tipo con el padre en el acto de accionar un sifón. Sus ventajas consistían en que podía ser utilizada mucho después de abierto el envase, sin perder sus cualidades, y que cada persona podía regular la intensidad del sabor a su gusto, como una gaseosa bajo el concepto “hágalo usted mismo”. Aunque su principal atributo era económico, como proclamaba uno de sus slogans: “Con una botella sola / 40 vasos de Refres-Cola”. Es decir que rendía casi 10 litros por botella. “Y aparte era más saludable -añade don Saúl- porque no contenía ácido fosfórico ni cafeína, que son las sustancias más cuestionadas de la Coca-Cola.” Pese a todo esto, no le fue sencillo imponer una bebida elaborada en el patio de su casa, con una cuba de madera de 200 litros sin bombeador ni filtro, y cuyas botellas eran llenadas, etiquetadas y encorchadas a mano, una por una, por el propio Patrich y sus hermanos.
El primer almacén que exhibió la Refres-Cola estaba en Canning y Warnes. El químico hacía el reparto a bordo del colectivo 124. “Cuando llegaba al comercio dejaba los cajones afuera, me asomaba y gritaba: ‘¡Un cajón de Refres-Cola!’. El dueño me pedía que lo bajara como si tuviera el transporte estacionado en la puerta. Entonces yo salía, esperaba un poco, y volvía a entrar con el cajón”, recuerda risueño. Luego alquiló una camioneta con chofer una vez por semana. La Refres-Cola empezó a ganar clientes y su dueño, dolores de espalda, por cargar los 12 kilos que pesaba cada cajón. Ese moderado éxito lo obligó a trasladar la “fábrica”: tras compartir una planta con otra firma en Haedo, tuvo su primera sede propia en un modesto galpón de Navarro al 4547, equipado con una llenadora de seis picos, una encorchadora manual, una bomba y un filtrador. Las ventas crecieron bastante, pero después se estancaron. Sin embargo, a Patrich le aguardaba un inesperado golpe de suerte.
El enigmatico senor Pollak
Una tarde de 1955, el técnico recibió la visita de un desconocido que se presentó como León Pollak, quien le ofreció comprar toda su producción para ser su representante exclusivo.
-¿Pero usted sabe cuál es nuestra producción? -le preguntó Patrich.
-No, pero eso es un detalle menor -contestó Pollak en tono despectivo.
El dueño rechazó la oferta. No obstante, días más tarde, recibió un llamado de Raúl Pereyra, director de la agencia de publicidad Naype: Pollak le había encargado una gigantesca campaña publicitaria para difundir la Refres-Cola y él había preparado afiches para vía pública y tenía reservados espacios en diarios, revistas y radios. Pero Pollak había desaparecido y la agencia quería saber cómo recuperar el dinero invertido. “Lo lamento —se excusó Patrich—. Yo tengo una pequeña fábrica y no puedo afrontar semejante gasto.” Entonces Pereyra le propuso un pacto de caballeros: él asumiría la inversión y si la campaña daba resultado, se cobraría los costos de las ganancias. En cambio, si fracasaba, el químico no tendría que pagar nada.
El slogan ideado por la agencia destacaba la principal virtud de la bebida, era efectivo y hasta admitía cierta belleza poética: “Haga cola con Refres-Cola... y verá que resulta más”. A las semanas, esa frase empapelaba las paredes de Buenos Aires, se leía en los laterales de los tranvías, en las páginas de los diarios y se escuchaba en forma de jingle por las principales radios. La repercusión fue descomunal y la capacidad productiva de la modesta sede de la calle Navarro se vio rápidamente desbordada. “Recibimos tantos pedidos que los camioneros se llevaban las botellas sin etiquetar y pegaban las etiquetas en el camino”, rememora don Saúl.
Auge y caida
Dos años después de esa campaña, el 12 de octubre de 1957, quedó inaugurada la nueva fábrica de Refres-Cola: una planta modelo totalmente automatizada que ocupaba una manzana completa de Ciudadela; y con ella comenzó la edad dorada de la bebida, que se extendió desde fines de los ‘50 hasta principios de los ‘70. De Rivadavia 12120 partían 20 camiones por día a las órdenes de las 28 distribuidoras que hacían llegar la Refres-Cola a todo el país. Los salones de fiestas encargaban damajuanas para preparar sus propias jarras de gaseosa y hasta hubo un pedido de Aerolíneas Argentinas, que en uno de sus vuelos convidó a sus pasajeros con la cola nacional. “Pero se ve que no prosperó porque no volvieron a pedirla”, dice Patrich.
Durante los ‘60, Refres-Cola fue un habitual auspiciante de programas de radio y televisión. Su repercusión fue tal que los memoriosos aún recuerdan el rumor que afirmaba que la bebida había sido un invento de Juan Domingo Perón para amargarle la vida a los capitales foráneos, versión que el técnico desmiente a carcajadas.
Sergio Núñez y Ariel Idez
© 2000-2007 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Lo habíamos amado tanto
Como ballenas que se acercan a morir en la playa, quienes fuman se arrojan sobre las sillas que los bares les disponen en las veredas. Se los puede observar de cerca, están en exposición, ellos y ellas igualados por el destierro, boqueando cuando antes daban bocanadas, ejecutando ante el público su debilidad, un vicio de inseguros, autodestructores, hervidero del mal aliento y las manchas amarillas, conocido hasta hace muy poco como el supremo arte de fumar.
Dicen quienes ponen en números la realidad que en el año 2000 ya había en el mundo unos 1100 millones de estas personas –tres hombres por cada mujer–. Ahora, que deben ser más, resulta muy fácil imaginarlos a todos por las calles de China –el país que lleva el record con 340 millones de fumadores–, Estados Unidos, Europa y desde hace poco también Buenos Aires, deambulando sin techo, expulsados de sus oficinas y otros lugares que se volvieron santos. Las personas que fuman se volvieron homeless por gracia de una conciencia saludable, pariente cercana de aquella otra que quemó brujas a las que luego consultó, mandó a la basura al aceite de oliva por venenoso y luego lo colocó en el estante principal de la dieta mediterránea.
Una breve historia del tabaco –la que compilan Sander Gilman y Zhou Xun en un libro llamado Humo (Paidós)– registra que a esta sustancia, y sobre todo al acto de fumar, siempre les tocó caminar por la delgada línea que divide el bien y el mal.
Los europeos lo descubrieron en el primer viaje de Colón y enseguida lo adoptaron mientras le atribuían propiedades curativas. En 1571 un reconocido médico de Sevilla proclamaba que esta “hierba santa” curaba molestias y expulsaba males, y que si bien generaba haraganería e indolencia en los nativos de América, en los cristianos se mostraba propicia nada menos que para dar alivio a la sífilis. Sífilis y humo, bien avenido matrimonio de placer y alevosía.
El cigarrillo, por el humo muere
El conde Corti, en su libro A History of Smoking (1931), cita una anécdota que sella esta sumisión del arte de fumar –como todo arte del placer– a los caprichos de la cultura: “Rodrigo de Xeres volvió a España para hacer una demostración pública del acto de fumar, sacando rédito de su descubrimiento personal; acto con entrada gratuita y a la luz del día. Sucedió allá en Ayamonte ya hace mucho tiempo, pero los vecinos de Rodrigo aún no lo han olvidado. Después de ver al bueno de Xeres echando humo por sus orificios, sin quemarse, se convencieron de que el Diablo había tomado posesión de su cuerpo. El cura de la parroquia lo denunció al Santo Oficio, y fue sentenciado a pasar varios años en una cárcel de Sevilla. Cuando volvió a casa se encontró con que todos sus paisanos fumaban. Y sin que se les impusieran penitencias en la penitenciaría. Eso es fumar y guardar la forma. O, por otro lado, una metáfora sobre los hombres y las modas”.
La liviandad con que se considera al acto de fumar como dios y demonio alternativamente justificaría un epitafio o una elegía, ahora que está pasando por el peor momento de su historia, apenas equiparable a la Ley Seca que su compañero el alcohol también supo soportar.
Pero ¿con qué palabras componer la elegía de un asesino que acorrala a sus víctimas con deseo y luego las sorprende con cáncer de pulmón?
Los que hablan con cifras dicen que en Estados Unidos el cigarrillo se lleva a la tumba a 500.000 personas cada año y un estudio reciente en China sugiere que hasta un tercio de los adultos morirá antes de que le llegue la hora, a causa del tabaco...
En los últimos doscientos años, se produjeron muchos epitafios con los que se podría armar una historia de la literatura que teme quedarse sin cigarrillos. La ficción adicta se dedicó a incluir el rito en sus mejores personajes: Conan Doyle lo asoció con ingenio y capacidad de deducción, Tolkien les adjudicó a los hobbits el descubrimiento de la hoja y la invención de la costumbre, Lewis Carroll permitió que la Oruga fumara delante de Alicia y el pionero inglés, Walter Raleigh que llevó el pecado a su país en el siglo XVI, enfrentó el cadalso con una pipa en la mano. Hoy se pondría en duda si lo mató el suplicio o la adicción.
Porque ahora las cosas han cambiado. El estigma de asesino que se saldaba con el concepto de la libertad individual para arruinarse la vida se eclipsa con la prueba de que quien fuma se mata y mata al prójimo. “Por desgracia, inhalar el humo que se genera al quemar la planta no les hace bien a los pulmones. El humo del tabaco contiene monóxido de carbono que al absorberse perjudica la capacidad de sangre para transportar oxígeno”, dice una de las autoras de Humo. Este es el veredicto y ya no es la nicotina sino el humo el acusado. Y con el humo, el espíritu que hizo del fumar uno de los hábitos más significativos, queda puesto en jaque. Sus cultores –que aún recuerdan al hombre de Marlboro, a George Sand con pantalones y acodada en el piano de Chopin, a Lauren Bacall, Rita Hayworth, Bette Davis– quedaron reducidos a un vademécum, definidos tan sólo por su patología.
Has recorrido un largo camino
Si una voz se dispone a llorar por la muerte de este perverso amigo, debería ser una voz de mujer, ya que la voluta de humo la acompañó en luchas y disgustos colaborando con ella para que se librara sin perder estilo de la dominación que ya sabemos. De hecho, en su trayectoria tan leve como circular podría leerse aunque irritara a los ojos, la condición femenina a lo largo de los últimos siglos.
Cuando en el siglo XIX comenzaba a crecer el consumo masivo del tabaco, los publicistas eligieron a la mujer como señuelo. Fumar, asunto de hombres, como las prostitutas, las palabrotas y el juego, era sinónimo de poseer a alguna de las lánguidas vampiresas que diseñaba Mucha y dibujaba Job en sus carteles. Los pintores tomaron al cigarrillo como símbolo fálico mientras que poetas y novelistas equipararon el humo con el género femenino. Rudyard Kipling hablaba de sus cigarrillos como “un harén de bellezas morenas atadas de a cincuenta”.
Poco antes de llegar al siglo XX, las mujeres que fumaban estaban repartidas en dos categorías: la mala mujer y la nueva mujer, esta última caricaturizada como hombruna y patotera. En los cuadros de Van Gogh o de Monet las fumadoras aparecen melancólicas y deprimidas, muy probablemente por estar descuidando a sus hijos y metiéndose en asuntos que no les corresponden. Carmen de Merimée popularizó el fumar como atributo de la mujer fatal, así como Naná, la prostituta de Zola “armaba cigarrillos todo el tiempo y se hamacaba en su sillón al fumarlos”. Ambas con final trágico aunque sus muertes no entren en las estadísticas que hoy tanto importan.
Si el hombre construyó su imagen y el objeto de deseo en parte a través del humo, la mujer se ocupó de comenzar a desbaratarlo tirándoselo a la cara. En los primeros años del siglo XX ya eran más las fumadoras del catálogo: sufragistas, prostitutas, nuevas mujeres que estudiaban y andaban en bicicleta, y señoras amas de casa que fumaban a escondidas de sus esposos, acto que dejaba a las claras que también iban a ser capaces de buscar un amante y esconderlo en el placard. “Cuanto más se retrae la mujer, más se aleja de la influencia civilizadora del hombre, y más peligrosa se vuelve”, advertía el escritor Arthur Simons (1865-1945), quien veía en estas escapadas el primer indicio de una debacle. Cuando la que fuma es ella, las ilustraciones tienen una connotación masturbatoria, la chica se abandona al placer donde no penetra nada ni nadie.
Así como en la vida real las mujeres finalmente se apropiaron de los gestos del fumador, en el plano del arte también fueron mujeres –se destacan Ouida, Frances Benjamín Johnston y Jane Atché en el siglo XIX– las primeras que se lanzaron a retratar estos gestos desechando lujuria y decadencia. Los codos hacia adelante, la actitud lúcida y personajes tan sensuales como decididos, armaron una nueva figura de la mujer digna que si quiere fuma.
Por eso, por su condición de símbolo en la construcción de la mujer que hoy conocemos, tal vez una voz femenina llore su ausencia en los lugares que solía frecuentar. Mientras alguien no termina de escribir el epitafio que el humo reclama, alguien le quita dramatismo: una historia con tantas idas y vueltas hace suponer que no todo termina aquí. Resta esperar que la ciencia se esfuerce en hallar una capa protectora para los pobres pulmones, así como el espíritu ONG se esfuerza hoy por aplicar legislaciones restrictivas, construye la figura del hombre y la mujer puros, crea espacios libres de humo y ora por nosotros.
Liliana Viola / Las12
© 2000-2007 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Dicen quienes ponen en números la realidad que en el año 2000 ya había en el mundo unos 1100 millones de estas personas –tres hombres por cada mujer–. Ahora, que deben ser más, resulta muy fácil imaginarlos a todos por las calles de China –el país que lleva el record con 340 millones de fumadores–, Estados Unidos, Europa y desde hace poco también Buenos Aires, deambulando sin techo, expulsados de sus oficinas y otros lugares que se volvieron santos. Las personas que fuman se volvieron homeless por gracia de una conciencia saludable, pariente cercana de aquella otra que quemó brujas a las que luego consultó, mandó a la basura al aceite de oliva por venenoso y luego lo colocó en el estante principal de la dieta mediterránea.
Una breve historia del tabaco –la que compilan Sander Gilman y Zhou Xun en un libro llamado Humo (Paidós)– registra que a esta sustancia, y sobre todo al acto de fumar, siempre les tocó caminar por la delgada línea que divide el bien y el mal.
Los europeos lo descubrieron en el primer viaje de Colón y enseguida lo adoptaron mientras le atribuían propiedades curativas. En 1571 un reconocido médico de Sevilla proclamaba que esta “hierba santa” curaba molestias y expulsaba males, y que si bien generaba haraganería e indolencia en los nativos de América, en los cristianos se mostraba propicia nada menos que para dar alivio a la sífilis. Sífilis y humo, bien avenido matrimonio de placer y alevosía.
El cigarrillo, por el humo muere
El conde Corti, en su libro A History of Smoking (1931), cita una anécdota que sella esta sumisión del arte de fumar –como todo arte del placer– a los caprichos de la cultura: “Rodrigo de Xeres volvió a España para hacer una demostración pública del acto de fumar, sacando rédito de su descubrimiento personal; acto con entrada gratuita y a la luz del día. Sucedió allá en Ayamonte ya hace mucho tiempo, pero los vecinos de Rodrigo aún no lo han olvidado. Después de ver al bueno de Xeres echando humo por sus orificios, sin quemarse, se convencieron de que el Diablo había tomado posesión de su cuerpo. El cura de la parroquia lo denunció al Santo Oficio, y fue sentenciado a pasar varios años en una cárcel de Sevilla. Cuando volvió a casa se encontró con que todos sus paisanos fumaban. Y sin que se les impusieran penitencias en la penitenciaría. Eso es fumar y guardar la forma. O, por otro lado, una metáfora sobre los hombres y las modas”.
La liviandad con que se considera al acto de fumar como dios y demonio alternativamente justificaría un epitafio o una elegía, ahora que está pasando por el peor momento de su historia, apenas equiparable a la Ley Seca que su compañero el alcohol también supo soportar.
Pero ¿con qué palabras componer la elegía de un asesino que acorrala a sus víctimas con deseo y luego las sorprende con cáncer de pulmón?
Los que hablan con cifras dicen que en Estados Unidos el cigarrillo se lleva a la tumba a 500.000 personas cada año y un estudio reciente en China sugiere que hasta un tercio de los adultos morirá antes de que le llegue la hora, a causa del tabaco...
En los últimos doscientos años, se produjeron muchos epitafios con los que se podría armar una historia de la literatura que teme quedarse sin cigarrillos. La ficción adicta se dedicó a incluir el rito en sus mejores personajes: Conan Doyle lo asoció con ingenio y capacidad de deducción, Tolkien les adjudicó a los hobbits el descubrimiento de la hoja y la invención de la costumbre, Lewis Carroll permitió que la Oruga fumara delante de Alicia y el pionero inglés, Walter Raleigh que llevó el pecado a su país en el siglo XVI, enfrentó el cadalso con una pipa en la mano. Hoy se pondría en duda si lo mató el suplicio o la adicción.
Porque ahora las cosas han cambiado. El estigma de asesino que se saldaba con el concepto de la libertad individual para arruinarse la vida se eclipsa con la prueba de que quien fuma se mata y mata al prójimo. “Por desgracia, inhalar el humo que se genera al quemar la planta no les hace bien a los pulmones. El humo del tabaco contiene monóxido de carbono que al absorberse perjudica la capacidad de sangre para transportar oxígeno”, dice una de las autoras de Humo. Este es el veredicto y ya no es la nicotina sino el humo el acusado. Y con el humo, el espíritu que hizo del fumar uno de los hábitos más significativos, queda puesto en jaque. Sus cultores –que aún recuerdan al hombre de Marlboro, a George Sand con pantalones y acodada en el piano de Chopin, a Lauren Bacall, Rita Hayworth, Bette Davis– quedaron reducidos a un vademécum, definidos tan sólo por su patología.
Has recorrido un largo camino
Si una voz se dispone a llorar por la muerte de este perverso amigo, debería ser una voz de mujer, ya que la voluta de humo la acompañó en luchas y disgustos colaborando con ella para que se librara sin perder estilo de la dominación que ya sabemos. De hecho, en su trayectoria tan leve como circular podría leerse aunque irritara a los ojos, la condición femenina a lo largo de los últimos siglos.
Cuando en el siglo XIX comenzaba a crecer el consumo masivo del tabaco, los publicistas eligieron a la mujer como señuelo. Fumar, asunto de hombres, como las prostitutas, las palabrotas y el juego, era sinónimo de poseer a alguna de las lánguidas vampiresas que diseñaba Mucha y dibujaba Job en sus carteles. Los pintores tomaron al cigarrillo como símbolo fálico mientras que poetas y novelistas equipararon el humo con el género femenino. Rudyard Kipling hablaba de sus cigarrillos como “un harén de bellezas morenas atadas de a cincuenta”.
Poco antes de llegar al siglo XX, las mujeres que fumaban estaban repartidas en dos categorías: la mala mujer y la nueva mujer, esta última caricaturizada como hombruna y patotera. En los cuadros de Van Gogh o de Monet las fumadoras aparecen melancólicas y deprimidas, muy probablemente por estar descuidando a sus hijos y metiéndose en asuntos que no les corresponden. Carmen de Merimée popularizó el fumar como atributo de la mujer fatal, así como Naná, la prostituta de Zola “armaba cigarrillos todo el tiempo y se hamacaba en su sillón al fumarlos”. Ambas con final trágico aunque sus muertes no entren en las estadísticas que hoy tanto importan.
Si el hombre construyó su imagen y el objeto de deseo en parte a través del humo, la mujer se ocupó de comenzar a desbaratarlo tirándoselo a la cara. En los primeros años del siglo XX ya eran más las fumadoras del catálogo: sufragistas, prostitutas, nuevas mujeres que estudiaban y andaban en bicicleta, y señoras amas de casa que fumaban a escondidas de sus esposos, acto que dejaba a las claras que también iban a ser capaces de buscar un amante y esconderlo en el placard. “Cuanto más se retrae la mujer, más se aleja de la influencia civilizadora del hombre, y más peligrosa se vuelve”, advertía el escritor Arthur Simons (1865-1945), quien veía en estas escapadas el primer indicio de una debacle. Cuando la que fuma es ella, las ilustraciones tienen una connotación masturbatoria, la chica se abandona al placer donde no penetra nada ni nadie.
Así como en la vida real las mujeres finalmente se apropiaron de los gestos del fumador, en el plano del arte también fueron mujeres –se destacan Ouida, Frances Benjamín Johnston y Jane Atché en el siglo XIX– las primeras que se lanzaron a retratar estos gestos desechando lujuria y decadencia. Los codos hacia adelante, la actitud lúcida y personajes tan sensuales como decididos, armaron una nueva figura de la mujer digna que si quiere fuma.
Por eso, por su condición de símbolo en la construcción de la mujer que hoy conocemos, tal vez una voz femenina llore su ausencia en los lugares que solía frecuentar. Mientras alguien no termina de escribir el epitafio que el humo reclama, alguien le quita dramatismo: una historia con tantas idas y vueltas hace suponer que no todo termina aquí. Resta esperar que la ciencia se esfuerce en hallar una capa protectora para los pobres pulmones, así como el espíritu ONG se esfuerza hoy por aplicar legislaciones restrictivas, construye la figura del hombre y la mujer puros, crea espacios libres de humo y ora por nosotros.
Liliana Viola / Las12
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Mundo bizarro
Existen en el mundo miles de personas que por determinadas características físicas, extrañas "gracias" o ciertas creencias son considerados "fenómenos". Suelen marcar hitos en el Guiness, aparecer en shows de TV, batir récords en las categorías más insólitas y ahora son parte del r ecién publicado ranking de las diez personas más bizarras de todos los tiempos.
Dos fenómenos
El primer puesto lo ocupa el vietnamita Thai Ngoc , de 64 años, que asegura no haber dormido ni siquiera una siestita desde 1976. Jura haber pasado casi 12 mil días despierto . El segundo, el hindú Sanju Bhagat's, aunque suene increíble, estuvo embarazado de su hermano, aunque suene increíble. Tenía la panza del mismo tamaño que una mujer a punto de dar a luz cuando se acercó a un hospital para consultar por las graves dificultades que sentía para respirar. Lo examinaron y le diagnosticaron cáncer.
Cuando los médicos estaban extrayéndole el "tumor", descubrieron que, asombrosamente, la hinchazón estaba ocasionada porque en su interior alojaba los restos vivos de su hermano gemelo, que había quedado atrapado en su cuerpo durante el embarazo de su madre. El feto sobrevivió como un parásito alimentándose a través de una especie de cordón umbilical. Médicamente su condición se conoce como "Fetus in Fetu" y sólo hay registrados 90 casos similares en toda la literatura médica.
Los más bizarros
Uno de los personajes más famosos que figura en la lista es el soldado japonés Shoichi Yokoi, que en 1944, durante la Guerra Mundial, se escondió para escaparse del ejército estadounidense y fue encontrado 28 años después. Otro "bizarro" conocido es Mehran Karimi Nasseri o Sir, Alfred Mehran, un refugiado iraní, que por haber visto rechazada su residencia en varios países europeos y tras el robo de los documentos que acreditaban su identidad, hizo del aeropuerto Charles de Gaulle, Francia, su residencia estable desde 1988.
Por su parte, el japonés Yoshiro Nakamatsu asegura ser la persona con más inventos realizados en toda la historia de la humanidad. Tres mil en total, entre las que incluye el disco floppy y las zapatillas "Pyon Pyon". Como si eso fuera poco, quiere vivir 140 años y ha fotografiado cada una de las comidas que ingirió durante los últimos 34 años.
El último entre las 10 personas más bizarras del mundo es el francés Michel Loito, conocido mundialmente como "El Señor Come todo". Como su nombre lo indica es capaz de introducir en su organismo metal, vidrio, goma, bicicletas, televisores y hasta un ¡avión! que tardó dos años en comer. Loito jura que jamás se sintió mal después de alguna de sus excéntricas comilonas, ni siquiera cuando comió alimentos considerados venenosos. Las paredes de su estómago, al parecer, son el doble de anchas de lo normal y sus jugos gástricos son sumamente poderosos.
Los místicos
Por estar convencido de que es Dios, el japonés Matayoshi Mitsuo tiene su lugar en el podio. Mitsuo quiere ocupar el cargo de Primer Ministro de su país y así poder realizar las reformas que considera necesarias para lograr la "Salvación". En sus campañas llegó a proponerles a sus oponentes que se suicidaran usando el método hara-kiri. Se presentó en varias elecciones, pero hasta hoy, como era de esperar, no consiguió reclutar demasiados seguidores.
Después de Bihari viene David Icke, que afirma que la Tierra está manejada por un grupo secreto de reptiles humanoides llamado "La elite". Según manifiesta en los 15 libros que lleva publicados, distintas celebridades e importantes personajes de la política provienen de ellos. El presidente de Estados Unidos, George W. Bush y la Reina Elizabeth II serían parte de la descendencia.
Otro personaje con creencias alternativas es David Allen Bawden, que se hace llamar Papa Miguel I. Considera que las últimas elecciones son inválidas porque los Papas que eligieron fueron modernistas. Él, junto a seis cónclaves –entre los que se encontraban sus familiares y él mismo– se autoproclamó el cargo. Hasta el día de hoy, dice, continúa ocupándolo.
Lucía Bertotto / Copyright 1996-2006 Clarín.com - All rights reserved
Dos fenómenos
El primer puesto lo ocupa el vietnamita Thai Ngoc , de 64 años, que asegura no haber dormido ni siquiera una siestita desde 1976. Jura haber pasado casi 12 mil días despierto . El segundo, el hindú Sanju Bhagat's, aunque suene increíble, estuvo embarazado de su hermano, aunque suene increíble. Tenía la panza del mismo tamaño que una mujer a punto de dar a luz cuando se acercó a un hospital para consultar por las graves dificultades que sentía para respirar. Lo examinaron y le diagnosticaron cáncer.
Cuando los médicos estaban extrayéndole el "tumor", descubrieron que, asombrosamente, la hinchazón estaba ocasionada porque en su interior alojaba los restos vivos de su hermano gemelo, que había quedado atrapado en su cuerpo durante el embarazo de su madre. El feto sobrevivió como un parásito alimentándose a través de una especie de cordón umbilical. Médicamente su condición se conoce como "Fetus in Fetu" y sólo hay registrados 90 casos similares en toda la literatura médica.
Los más bizarros
Uno de los personajes más famosos que figura en la lista es el soldado japonés Shoichi Yokoi, que en 1944, durante la Guerra Mundial, se escondió para escaparse del ejército estadounidense y fue encontrado 28 años después. Otro "bizarro" conocido es Mehran Karimi Nasseri o Sir, Alfred Mehran, un refugiado iraní, que por haber visto rechazada su residencia en varios países europeos y tras el robo de los documentos que acreditaban su identidad, hizo del aeropuerto Charles de Gaulle, Francia, su residencia estable desde 1988.
Por su parte, el japonés Yoshiro Nakamatsu asegura ser la persona con más inventos realizados en toda la historia de la humanidad. Tres mil en total, entre las que incluye el disco floppy y las zapatillas "Pyon Pyon". Como si eso fuera poco, quiere vivir 140 años y ha fotografiado cada una de las comidas que ingirió durante los últimos 34 años.
El último entre las 10 personas más bizarras del mundo es el francés Michel Loito, conocido mundialmente como "El Señor Come todo". Como su nombre lo indica es capaz de introducir en su organismo metal, vidrio, goma, bicicletas, televisores y hasta un ¡avión! que tardó dos años en comer. Loito jura que jamás se sintió mal después de alguna de sus excéntricas comilonas, ni siquiera cuando comió alimentos considerados venenosos. Las paredes de su estómago, al parecer, son el doble de anchas de lo normal y sus jugos gástricos son sumamente poderosos.
Los místicos
Por estar convencido de que es Dios, el japonés Matayoshi Mitsuo tiene su lugar en el podio. Mitsuo quiere ocupar el cargo de Primer Ministro de su país y así poder realizar las reformas que considera necesarias para lograr la "Salvación". En sus campañas llegó a proponerles a sus oponentes que se suicidaran usando el método hara-kiri. Se presentó en varias elecciones, pero hasta hoy, como era de esperar, no consiguió reclutar demasiados seguidores.
Después de Bihari viene David Icke, que afirma que la Tierra está manejada por un grupo secreto de reptiles humanoides llamado "La elite". Según manifiesta en los 15 libros que lleva publicados, distintas celebridades e importantes personajes de la política provienen de ellos. El presidente de Estados Unidos, George W. Bush y la Reina Elizabeth II serían parte de la descendencia.
Otro personaje con creencias alternativas es David Allen Bawden, que se hace llamar Papa Miguel I. Considera que las últimas elecciones son inválidas porque los Papas que eligieron fueron modernistas. Él, junto a seis cónclaves –entre los que se encontraban sus familiares y él mismo– se autoproclamó el cargo. Hasta el día de hoy, dice, continúa ocupándolo.
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